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Cuando la realidad de un asesinato supera a la ficción

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Joaquín Campos
El escritor, periodista y cocinero Joaquín Campos. Foto: Joseph Gazzano

1. Buscando nueva identidad

Aquella del 12 de septiembre de 2015 era una de esas noches en las que deseaba que se marcharan los últimos clientes para echar el cerrojo, abrirme otra de tinto y ponerme a escribir. Es un momento celestial que se alza ante mi vista cada noche, cuando resta poco para un nuevo día: una nueva ilusión para vivir. Pero a eso de las diez y media, y cuando salían los últimos clientes de mi restaurante Quitapenas, sito en Phnom Penh, capital de Camboya, llegó una pareja de españoles —diez y media; siempre jodiendo— a los que tuve que atender; de primeras, a regañadientes.

Porque en mis diez años de andanzas por Asia, lejos, lejísimos de España y sus extrañas tradiciones, he llegado a aceptar que cenar tan tarde debería ser motivo de denuncia, en el caso de que poseas un negocio y te lleguen clientes a horas tan intempestivas. Al menos no gritaban; como sí hacemos la mayoría.

La extraña pareja la formaban Raúl, un jovenzuelo de apariencia barbilampiña, con los ojos rellenos de ilusión y la voz entrecortada por la vergüenza de llegar tan tarde a un restaurante que ya debería estar cerrando, y Arturo, de mirada directa, vestido como un rapero —o eso me pareció a mí, que no manejo bien ese tipo de tribus urbanas: pantalón de chándal y camiseta ultra moderna y coloreada, de donde sobresalían brazos y cuello tatuados—, que decidió, en principio, mantenerse en la retaguardia.

En vuelos distintos, habían salido de Bangkok, donde residían, hasta Camboya, donde se encontraron y deberían pasar al menos las cuarenta y ocho horas de rigor para poder solicitar un nuevo visado que les permitiese una nueva estancia de noventa días al volver a Tailandia. Este proceso, todavía legal, puede repetirse cada tres meses.

Así están las cosas en el paraíso del sexo y la supuesta libertad absoluta, donde es perfectamente posible residir durante años ininterrumpidamente sin necesidad de visado de residencia o permiso de trabajo, aunque no se dé ni golpe o, a veces, solo golpes. Cada tres meses sales al país más cercano, pasas una noche o dos, y vuelves como si tal cosa; o como si fueras un turista primerizo a los ojos del oficial de inmigración siamés, que sabe que otro blanquito consumiendo es clave para una nueva economía supuestamente boyante, sin ningún tipo de pudor a la hora de aceptar a sus comensales. Ahora empiezan a ponerlo difícil queriendo perseguir a los extranjeros que se atreven a trabajar ilegalmente en Tailandia. Las autoridades militares que gobiernan el país piensan que es un claro riesgo contra las oportunidades laborales de los autóctonos. Aunque se presiona un millón de veces más a un camboyano o birmano que a un británico.

Arturo, que según los registros de inmigración del gobierno entró 204 veces en Tailandia desde que pisó el país por primera vez, allá por 2008 —la última, la 205, el 8 de febrero de 2016 en un helicóptero de la policía siamesa, sin necesidad de mostrar su pasaporte—, realizaba a menudo ese tipo de trayectos. Esa última vez en libertad se presentó en Camboya, en mi negocio, cuando preparaba la huida al ex imperio Jemer, una fuga previsiblemente premeditada. Arturo, tras unos inicios inquietantes donde solo bebía agua y me mantenía la mirada, como retándome, acabó abriéndose como se exponen las atletas en la final olímpica de gimnasia rítmica ante los atentos ojos de los jueces. Esos que, cuando asoman los dieces, te dejan la duda de en qué momento exacto del ejercicio se quedaron tan impactados.

Por hacer otro símil: Arturo se abrió como lo hacen los pulmones de los tenores en los momentos álgidos de sus interpretaciones. O mejor dicho, y yendo directamente al grano: abrió la boca como solo lo hacen los perfectos vanidosos. Porque a mí no me conocía de nada.

—¿Y a qué decías que te dedicabas?

—A nada.

—Pero, ¿cómo que a nada?

—A nada.

—¿Y qué buscas?

—Busco un lugar donde poder vivir tranquilo y seguro.

—¿A qué te refieres?

—Un apartamento con seguridad las veinticuatro horas del día. Un lugar donde nadie pueda subir a mi casa sin ser inspeccionado por un par de guardias; donde, además, haya cámaras de seguridad.

—Los hay… pero esto es Camboya, no California. Y el de seguridad medirá metro sesenta, dormitará la mitad de su jornada laboral y beberá cerveza el resto. Y de las cámaras, olvídate. Seguro que no se registran las imágenes en la mayoría de los edificios supuestamente occidentalizados y en muchos casos con pinta de búnker.

—Ya, pero si hay seguridad me basta y me sobra. ¿Tú crees que alguien podría subir a mi casa sin ser interceptado? Eso, en el fondo, es lo único que me preocupa.

—¿Pero a qué van a subir? No te entiendo.

—No sé, a intentar matarme… o a robarme.

—Pero, macho, qué me estás contando.

—Es que debo vivir tranquilo, sin mezclarme con gente…

alejado de lo cotidiano.

—¿Te refieres a oculto? Estoy alucinando.


Fragmento de La verdad sobre el caso Segarra, nuevo libro de Joaquín Campos.  Narra el suceso del reciente asesinato del empresario David Bernat. Publica FronteraD 

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