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Cuando de pronto ves el amanecer más rápido de tu vida

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Buenas noches

«Extranjero he llegado
extranjero me voy»

Yo no puedo empezar como Proust diciendo que llevo mucho tiempo acostándome pronto. Siempre he sido nocturno y noctámbulo. Cuando cae la noche, mi alma respira con alivio. Creo que el mundo empieza a desvelar sus misterios cuando la luz cesa. Los que nos sentimos extranjeros en este mundo, cuando llega la noche nos sentimos liberados. Somos al fin livianos después de estar cosidos entre los pesados cortinajes del día y, por fin, como perfumes que exhalaran su primera fragancia, salimos a la calle buscando esos oscuros antros del deseo, de la conversación, del descubrimiento propio y, por qué no, del amor. O si el cansancio nos amenaza, vamos buscando las sombras en otros mundos y vagamos entre los sueños, felices de encontrarnos en esa realidad paralela creada por y para nosotros.

«Porque todos los mísiticos saben que la luz se enciende simpre en la oscuridad de un sueño y Dios es una cración de la noche», como dice mi admirado Mauricio Wiesenthal. Mis primeros recuerdos son nocturnos, las luces de las farolas de mis dos ciudades infantiles. Las farolas blancas de Valladolid y las farolas amarillentas de Madrid. Mi infancia la recuerdo con niebla entre las farolas. Breves viajes en coche hacia la csa de mis abuelos o leves caminatas hacia la casa de mis padres. No sé por qué esos recuerdos siempre son nocturnos.

Era un niño miedoso, asustadizo y muy frágil. Pero la noche nunca me dio miedo. Quizá porque las bestias y monstruos a los que yo temía eran diurnos y acechaban en el patio del colegio o en las aulas disfrazados de alumnos o profesores.

Recuerdo cuando algunas veces nos quedábamos a dormir en casa de mis abuelos y se desplegaba ese sofá-cama en el despacho plagado de libros. yo dormía allí acurrucado entre mantas. Con la grata sensación de que aquellos gruesos volúmenes encuadernados en piel me protegían. aún no sabía muy bien qué había dentro de ellos, pero intuía que yo era parte de ellos y ellos parte de mí. Su olor me envolvía. Ese olor a libro viejo, a cuaderno, a cuartilla, a tianta de la máquina de escribir. Esos olores que se han perdido por completo en el devenir del tiempo.

Grupos de chicos jóvenes pasaban por debajo de aquella habitación donde intentaba conciliar el sueño. El eco de sus voces subía desde la calle, esas pequeñas calles del centro de Valladolid donde todo retumba. Hablaban fuerte, cantaban. ¿Adónde irán?, me preguntaba yo entonces. Luego lo he sabido muy bien. Pues más tard fui yo también uno de aquellos jóvenes qeu van o vienen de cafés ruidosos con candeleros brillantes. No, nadie es serio a los diecisiete años y verdes tilos en el paseo…

«Je vois la prison, je vois la nuit,
je vois le prisonnier qui pelure sa vie.
Et quelquefois je pense quand je m’endors dans le bras:
Où vas la chance? À toi? À moi?…»

Suena ahora la canción de Françoise Hardy y veo otro tipo de noche. La noche que se convierte en prisión esperando al ser amado. Aquel que se fue de ronda y no vuelve al ser amado. Aquel que se fue de ronda y no vuelve a tus brazos. Aquel que se fue alejando de ti y ahora quizá sea una de esas voces rebotando desde la calle y entrando en la habitación fría sin sus besos.

Noches otras que son solo el amargo sabor de un beso de tu boca sobre la propia piel. De soledades en barras modianescas, charlando con seres salidos de otra realidad. Pertenecen a la noche y con ella desaparecen. Se apuran las horas para que la noche no termine y la brecha de tiempo se cierre inexorablemente sobre todos los vivos y los muertos.

Noches de verano de primeros amores entre las fragancias de los celindos y del jazmín. Fiestas de agosto con la exaltación de los quince años. Las Perseidas cayendo sobre el pueblo serrano y uno pidiendo deseos que quizá algunos se convertirían más tarde en pesadillas.

Baños nocturnos en la piscina oscura. Y aquel amigo que te robó un geranio de un balcón y que a la mañana siguiente mi madre, saliendo al jardín, estupefacta, no entendía de dónde ahbía salido aquella maceta.

Noches en vuelos transatlánticos con el zumbido de los motores en el oído y ese sopor del cuerpo agotado de tantas horas de vuelo. Cuando de pronto ves el amanecer más rápido de tu vida. El sol apareciendo como si le persiguiera la noche y quisiera rematar cuanto antes un mal sueño. Te asomas a la ventanilla y allí aparece la cosata al fin. La primera playa de tu amada vieja Europa.

Y al fin esa noche. La última noche con mi madre en el hospital. Después de esa noche ya no despertaría. EStuvo inquita toda la noche, incómoda, no sabía ya cómo ponerle las almohadas. Yo recordaba cuando siendo niño ella  me consolaba del terrible colegio y me abrazaba con ella en su cama y no quería irme a dormir. Cómo ella me animaba y me decía que aquello pasaba, que era solo una parte miserable de la vida que no nos quedaba más remedio que vivir. Que yo sería un gran artista, que sería amado y amaría…

«¿Madre, estás bien, necesitas algo más?
¿Quieres que llame a la enfermera?
Espera, que yo las vuelvo a colocar… ¿Así mejor?
Intenta descansar un poco.
Buenas noches, madre.
Buenas noches»

9788494595103-viaje-de-invierno


Este fragmento pertenece a Viaje de Invierno, de Guillermo Martín Bermejo, editado por Newcastle. Puede encontrar —o encargarlo, si en ese momento no lo tienen— este mismo libro en estas librerías. Si no ve en el mapa una que le quede a mano, escríbanos a librerantes@librerantes.com

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