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Como un caracolito en un vagón [Una crónica y algunas fotografías]

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Caídas, de Teresa Soto, en Madrid

— ¿Cómo presentarías a un amigo? —le dijo ella.
— Con una sonrisa —respondió él.

El libro, dispuesto

Así empezamos la presentación del poemario Caídas, de Teresa Soto. Así queríamos empezar. Sin superlativos ni parafernalias. Desde lo pequeñito, lo cercano. Desde la alegría que se siente al publicar un libro como ese. Un libro que busca amigos, o más bien, cómplices.

Así empezamos la presentación, entre cómplices: Teresa Soto, la autora del libro, Nicholas F. Callaway, el autor de la cubierta, y Sandra Val, autora de la obra La matriz del miedo. Cómplices en una nave de excepción: La Neomudéjar, Centro de Artes de Vanguardia instalado en unas dependencias ferroviarias del Siglo XIX, justo detrás de Atocha. Un edificio cargado de memoria no retocada, de paredes desconchadas, de cielos improvisados.

Compartir complicidad

Como un caracolito que se cuela en un vagón, nos encontramos el pasado 16 de diciembre ante un centenar de personas y decenas de esculturas e instalaciones, dispuestos a compartir. Porque, al fin y al cabo, cuando se presenta (a) un libro, lo que se busca es eso: compartir. Y también, quizá, sobre todo, escapar del aburrimiento de un encuentro farragoso, encorsetado por la presión de las formas y las etiquetas. Presión, teníamos, sí, pero era otra. Esa, feliz y cosquilleante, que se siente al recibir a un amigo en casa: con la mesa puesta y una buena comida. Por ello, convenimos en diferentes citas previas cuál sería el menú. Qué decir y qué no decir, cómo decirlo… Así surgió la idea del programa de radio: voces hilvanadas por lecturas y comentarios, preguntas y anécdotas, por la música de una espontaneidad no totalmente improvisada.

Empezamos y, sin darnos cuenta, terminamos la «emisión poética». Escuchamos a Teresa Soto, contándonos los colores que acompañan los versos de Caídas, los tonos cambiantes de sus dos partes; los puentes tendidos entre su libro y las obras del colectivo El Quinto Espacio, expuestas en La Neomudéjar. Escuchamos a Nicholas F. Callaway, recordando cómo la caída de Constantinopla había dado nacimiento a los niños, los animales y las flores que recorren la portada. Escuchamos a Sandra Val, entrelazando los pesos, las curvas y los rojos de su matriz con las voces que hablan en Caídas: voces de lo que ya no está, voces de los que ya no están, voces de los que pronto no estarán. Acompañado por todas esas voces y las lecturas de varios poemas, el caracolito siguió avanzando, bajo las miradas atentas de los invitados. Voló el tiempo. Llegó el momento del vino sin sillas y alguien dijo: «había tal silencio que cuando un señor bajó la escalera, haciendo crujir el peldaño metálico, todas las miradas se giraron como pidiéndole que no avanzara, que se quedara ahí». Y ahí se quedó. Contemplando esa hermosa estampa: una congregación de personas que, pese a la lluvia, se habían desplazado hasta allí, para y por la poesía. Para y por la complicidad.

Sandra Val, Teresa soto, Meritxell Martínez, Nicholas F. Callaway y un trocito de Albert Coma

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