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Clint Eastwood y el calcetín negro

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Unas palabras de Clint Eastwood han tenido una notable repercusión en las últimas semanas en las redes sociales.

Y aún siguen teniéndolas, a tenor de los retuiteos que se mantienen a finales de agosto. Posiblemente ya las conozcan. El actor declaraba, entre otras cuestiones, que Trump representaba en cierto modo a todos aquellos que están hartos de la corrección política, y calificaba a la generación que se mueve dentro de sus parámetros como mariquitas o lameculos. Apostaba en ese sentido por el modo de expresarse de Donald Trump. Pueden leer la entrevista entera aquí. Ni qué decir tiene que, como si fuese un bucle, estas manifestaciones producían a su vez toda una avalancha de comentarios en contra que venían a fortalecer o avalar precisamente tales aseveraciones. Al menos desde el punto de vista del protagonista de Harry el Sucio, puesto que aquí ejercía más como tipo duro y menos como el romántico fotógrafo Robert Kinkaid de Los Puentes de Madison. Eastwood se ha declarado siempre como republicano, y más en concreto como libertario. Aquí pueden verlo en una entrevista de hace pocos años con Ellen Degeneres. En este punto hay que exhalar un suspiro de tristeza. Una charla sobre política tan distendida, independientemente de las ideas de cada cual (entrevistado, entrevistadora y público en general) es hoy día imposible en esta España de los tertulianos televisivos y el cainismo partidista. Y eso que es sencilla, nada del otro mundo.

Tras las declaraciones de Eastwood, el articulista Juan Claudio de Ramón participaba en el debate con la publicación de este interesante texto en The Objective. Considero a de Ramón uno de esos articulistas «civilizadores», junto a otros como Fernando Savater o Félix de Azúa, es decir, aquellos que tienen claro donde están ciertas fronteras que el ser humano no puede traspasar sin colocarse en el lado de la barbarie. Y son absolutamente intransigentes con ellas. Para lo demás tratan de buscar el acuerdo, los términos medios, de una forma realista y consecuente. Todos ellos suelen además aportar su experiencia en el campo al que se dedican. En este caso el autor es diplomático, y eso se nota en sus escritos por la ausencia de vehemencia y un constante tono de cordialidad, algo que se agradece ante tanto columnista airado, aunque no sea nada malo escribir enfadado si el enfado no está por encima de lo que se trata de contar o del objeto de análisis.

En resumen, de Ramón indica que entre el lenguaje políticamente correcto y la ruptura representada por Donald Trump no nos topamos con una forma de contrarrestar los excesos de dicha corrección sino una manera populista de invertir los tópicos, por lo que, siguiendo el dicho tradicional iríamos de Guatemala a Guatepeor. Entre ambas formas, el diplomático y ensayista se queda con la corrección, estableciendo un antagonismo donde habría que escoger entre ambas. O al menos mientras surge una tercera vía. Eso parece extraerse del artículo a bote pronto.

Quizá el análisis de Juan Claudio de Ramón peque de superficial al definir la corrección política como un tipo de uso del lenguaje solamente, cuando lleva aparejada una carga moral y política, y en no pocas ocasiones un soberano extra de moralina. También de coacción del pensamiento o de la libertad de expresión. Pero no se puede pedir más en textos de extensión tan reducida.

Lo único que me interesa resaltar es esa reversión del tópico en la que incide de Ramón. En efecto, declaraciones como las que realiza Trump parecen una vuelta del mismo calcetín. Y el calcetín tiene un color negro, con perdón.

Si entendemos el lenguaje, cuando se habla de su utilización congruente y útil para comunicar, como una forma de describir la realidad con precisión, con la intención de esclarecer, tenemos en la corrección política una manera de oscurecer. La corrección política oscurece mediante el rodeo, a través de dar vueltas sin nombrar, evitando, a la postre, tratar sobre la cuestión que se pretendía estudiar o explicar y creando una telaraña autorreferencial en la que se termina hablando del propio lenguaje. Por contra, el supuesto uso del lenguaje al estilo Trump genera un efecto parecido. No esclarece, oscurece nuevamente mediante el exabrupto. Tampoco trata la cuestión que se pretendía estudiar, sino que deforma algunos de sus aspectos, los aumenta. El elefante, símbolo de los republicanos, entra en la cacharrería de las palabras. Esos aspectos aumentados son justo los que reduce la corrección política o viceversa. Y de ahí ese calcetín negro que se da la vuelta. A un lado la oscuridad por la perífrasis y la evitación, al otro por la brusquedad, la grosería y la destrucción de los matices. Dos caras de una misma moneda.

Por este motivo no creo que sea cuestión de quedarse con una expresión en favor de otra, sino de promover en el debate público un uso del lenguaje acorde con lo que debería ser: dar luz, concretar, conectar las ideas con los conceptos. En el momento en que elegimos quedarnos con la corrección política por sortear el trazo grueso de populistas como Trump, estamos en realidad introduciéndonos en el camino marcado por los populistas de uno y otro lado.

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