Entradas en la Categoría

Textos que nos llegan

Venía todos los días. Recorría toda la librería de arriba abajo. Será sólo un ratito, me decía con la mirada, pero se pasaba allí toda la mañana. Y yo, por no molestarla, dejaba que repasara los libros como si fuera a comprar algo. A veces leía uno o dos capítulos y ponía una marca para seguir al día siguiente. Pero lo hacía con cuidado, no sé si para que yo no lo notase o para no dañar el libro. Vestía

  Un cerrojito. El cerrojito de un diario tradicional. Nunca algo dispuesto a guardar y proteger fue más vulnerable a forzarlo. ¿Qué pretendía ese cerrojito? Hoy se le aplicaría el calificativo de cuqui. Su forma diminuta remitía a casas de gnomos o de menos de gnomos, que no sé lo que habrá por debajo en el ránking de seres enaniformes. Nunca supimos si su función era impedir que se abriera aquel cuaderno o pedir a gritos que se hiciera para

Entonces, principísimo del siglo XXI, Google ni siquiera era el buscador más utilizado, a Youtube le quedaban unos años por existir, todavía funcionaba Napster antes del napsterazo y las redes sociales apenas eran ideas en las cabezas de sus responsables. Los móviles ni tenían cámara de fotos… Hablo en serio, hubo un tiempo donde esas cosas no existían. Y en esos tiempos de la incipiente irrupción de internet en España (y también en serio, hubo un tiempo sin internet, lo

Iba andando por la calle, pensando en C., en cómo me sonríe cuando le cuento cualquier bobada; me mira de esa manera y es con un chute, me activa, me anima, me hace a mí reír, contar lo que sea que quiere que le cuente mejor, poniéndole detalles que acaso maquille un poco para que le gusten más todavía, para hacerle feliz. Se le ve disfrutar tanto. Y se pone tan guapo. Sabe que me gusta, pero no lo sabe

Siéntese en un lugar incómodo, jamás una silla. Un poyete por ejemplo. No puede haber respaldo de ninguna forma. Encórvese hacia adelante. Un poco más. Un poquito más. Así. Para evitar el dolor de espalda apoye ahora el codo en la pierna. Y la mandíbula inferior en la mano, en concreto en el lateral del índice. A un lado de la cara, por tanto, sube el pulgar. También vale el puño, la versión tosca. Quédese así para siempre. En ocasiones

«Si vas a casa de alguien y no tiene libros, no te lo folles». Esta frase de John Waters se ha hecho muy popular en los últimos años gracias a la repetición en las redes sociales. Entendida como una sentencia que promociona la literatura, nos tenemos que preguntar si realmente no menoscaba el sexo. En un país con los índices de lectura de España, donde un tercio de la población afirma no leer jamás y otro amplio porcentaje lo hace

«El guepardo», se oía casi siempre que en la niñez alguien preguntaba por el animal más veloz. «El halcón peregrino es más rápido», añadía a veces el amigo repipi. «En picado supera los 400 kilómetros hora», apuntaba luego el amigo repipi. El amigo repipi estaba bien informado, reconozcámoslo. Le llamamos repipi todavía hoy para no aceptar nuestras limitaciones y monumental ignorancia. Esos cientos de kilómetros por hora sonaban entonces como hazañas realizadas por supercriaturas…

Cuando he llegado Virginia estaba echando espumarajos por la boca: «…una pija gilipollas del barrio de Salamanca. Dependiente emocional, ¡y lesbiana!». «Mujer, qué tendrá que ver que fuera lesbiana», le decía Rita, sin convicción ninguna, ya debía llevar con ella un buen rato; empezaba a notársele el cansancio. «Pues que lo utilizaba, para no estar sola, tener compañía; le llevaba por ahí de viaje, a sitios carísimos y paradisíacos…». En ese punto se le ha quebrado la voz,  se ha puesto a llorar

No hace mucho, prácticamente nada, leí un artículo sobre Raymond Carver y su editor, o sobre el papel del editor de Raymond Carver en su obra, o sobre cómo la obra de Raymond Carver que conocemos no era tal cual en su manuscrito original. Es una historia que ya conocía de hace tiempo, pero la había olvidado. Más allá de mi capacidad innata hacia la desmemoria, queda el hecho latente de que al releer los cuentos del estadounidense olvidas tal

El viento de la gracia. Una borrachera de Virginia A John Wayne Pues regular. O mal. Qué pregunta. Lo he pensado, no se lo he dicho. Lo que le he dicho ha sido: «Despacio». Porque también tengo que ser graciosa. Perfecta y graciosa —divertida; así no suena a payasa— y además estar guapísima y feliz. Detesto que me lo pregunten. Detesto todas las preguntas de relleno, a todas y cada una de las mujeres que hablan por hablar. Tanta niña