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Textos que nos llegan

Entonces, principísimo del siglo XXI, Google ni siquiera era el buscador más utilizado, a Youtube le quedaban unos años por existir, todavía funcionaba Napster antes del napsterazo y las redes sociales apenas eran ideas en las cabezas de sus responsables. Los móviles ni tenían cámara de fotos… Hablo en serio, hubo un tiempo donde esas cosas no existían. Y en esos tiempos de la incipiente irrupción de internet en España (y también en serio, hubo un tiempo sin internet, lo

Iba andando por la calle, pensando en C., en cómo me sonríe cuando le cuento cualquier bobada; me mira de esa manera y es con un chute, me activa, me anima, me hace a mí reír, contar lo que sea que quiere que le cuente mejor, poniéndole detalles que acaso maquille un poco para que le gusten más todavía, para hacerle feliz. Se le ve disfrutar tanto. Y se pone tan guapo. Sabe que me gusta, pero no lo sabe

Siéntese en un lugar incómodo, jamás una silla. Un poyete por ejemplo. No puede haber respaldo de ninguna forma. Encórvese hacia adelante. Un poco más. Un poquito más. Así. Para evitar el dolor de espalda apoye ahora el codo en la pierna. Y la mandíbula inferior en la mano, en concreto en el lateral del índice. A un lado de la cara, por tanto, sube el pulgar. También vale el puño, la versión tosca. Quédese así para siempre. En ocasiones

«Si vas a casa de alguien y no tiene libros, no te lo folles». Esta frase de John Waters se ha hecho muy popular en los últimos años gracias a la repetición en las redes sociales. Entendida como una sentencia que promociona la literatura, nos tenemos que preguntar si realmente no menoscaba el sexo. En un país con los índices de lectura de España, donde un tercio de la población afirma no leer jamás y otro amplio porcentaje lo hace

«El guepardo», se oía casi siempre que en la niñez alguien preguntaba por el animal más veloz. «El halcón peregrino es más rápido», añadía a veces el amigo repipi. «En picado supera los 400 kilómetros hora», apuntaba luego el amigo repipi. El amigo repipi estaba bien informado, reconozcámoslo. Le llamamos repipi todavía hoy para no aceptar nuestras limitaciones y monumental ignorancia. Esos cientos de kilómetros por hora sonaban entonces como hazañas realizadas por supercriaturas…

Cuando he llegado Virginia estaba echando espumarajos por la boca: «…una pija gilipollas del barrio de Salamanca. Dependiente emocional, ¡y lesbiana!». «Mujer, qué tendrá que ver que fuera lesbiana», le decía Rita, sin convicción ninguna, ya debía llevar con ella un buen rato; empezaba a notársele el cansancio. «Pues que lo utilizaba, para no estar sola, tener compañía; le llevaba por ahí de viaje, a sitios carísimos y paradisíacos…». En ese punto se le ha quebrado la voz,  se ha puesto a llorar

No hace mucho, prácticamente nada, leí un artículo sobre Raymond Carver y su editor, o sobre el papel del editor de Raymond Carver en su obra, o sobre cómo la obra de Raymond Carver que conocemos no era tal cual en su manuscrito original. Es una historia que ya conocía de hace tiempo, pero la había olvidado. Más allá de mi capacidad innata hacia la desmemoria, queda el hecho latente de que al releer los cuentos del estadounidense olvidas tal

El viento de la gracia. Una borrachera de Virginia A John Wayne Pues regular. O mal. Qué pregunta. Lo he pensado, no se lo he dicho. Lo que le he dicho ha sido: «Despacio». Porque también tengo que ser graciosa. Perfecta y graciosa —divertida; así no suena a payasa— y además estar guapísima y feliz. Detesto que me lo pregunten. Detesto todas las preguntas de relleno, a todas y cada una de las mujeres que hablan por hablar. Tanta niña

Cuando he llegado había una señora muy muy loca. Quiero decir que estaba dando voces, que incluso podíamos adivinar, todos los presentes, incómodos, cansados, impacientes,  y aquello parecía que no iba a acabar nunca, gotas de saliva explotándole desde la boca hacia el mostrador, tal vez alguna haciendo diana en el funcionario de correos, abrumado, acorralado. «Ya le digo que lo tiene que hacer el director de la oficina, y no lo ha hecho, y ahora ya no está». El

La primera vez que uno llega a Manhattan tiene la impresión de sufrir un déjà vu. Todo le resulta familiar: los rascacielos, los taxis, el humo que sale de las alcantarillas, los personajes que pululan por sus calles. Nueva York, capital del mundo, es, ha sido, y seguirá siendo la capital del cine y la literatura. El lugar más recurrente para ambientar una historia contemporánea, una ciudad construida por todos y cada uno de los pueblos del mundo, un espacio