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Textos que nos llegan

«Mal». Temía que contestara algo así en cuanto apareciéramos por la puerta, al preguntarle qué tal. Iba con Virginia; estaba escribiendo un artículo sobre la gentrificación del barrio de la Latina, «le sacas, que le vendrá bien, y yo te hago las fotos, que también me vendrá bien». Había aceptado, claro. Virginia siempre dice que sí cuando se trata de echar una mano. Es una histérica de manual que además es buena gente, «No me explico cómo no tengo novio», dice,

Uno de los grandes tópicos literarios, sobre todo entre los lectores, se sitúa en la mesita de noche. Ahí está el libro sempiterno en la mesita de noche. «Siempre tengo un libro en la mesita de noche», dirá el lector. Puede ser un libro diferente, claro. Lo que indica es que se lee con frecuencia, antes de irse a dormir, como una costumbre o rito. Puede ser verdad y no indica necesariamente impostura o alarde alguno. Mi intención no es

Hace tiempo que quería encontrar un hueco para hablar sobre El hombre de tweed, la cuenta de twitter del escritor mejicano Mauricio Montiel Figueiras. Y junto a ella de otros proyectos tuiteros relacionados con la literatura. La posibilidad anunciada recientemente del cierre de la cuenta me lleva ya a tratarla obligado por las circunstancias, como suele ser costumbre en esta casa en la que se procrastina hasta niveles de récord. No sé si finalmente su autor, desanimado por algunos percances

Hace años, era yo joven e inocente, escribí en un blog un texto llamado Biblioteca de Intragables, que se puede leer aquí con unos decorativos simbolitos producto de un traslado de programa. El post debería haberse corregido, pero ese traslado se llevó a cabo hace unos ocho años y todavía no he encontrado hueco, que anda uno ocupado poniendo tonterías en las redes sociales. El caso es que la Biblioteca de Intragables recopilaba esa serie de libros clásicos o de

A G., que piensa de verdad que el cine está sobrevalorado. Cuando he llegado, Rita estaba regando las plantas. Ha conseguido colocar unas cuantas macetitas en el patio de su casa, que no es, por otra parte, muy grande, apenas unos ocho o nueve metros, una habitación sin techo. Su logro respecto a este espacio ha sido crear un lugar acogedor en torno a las no sé si son petunias, geranios, el aloe vera. Contiene también un aguacate espectacular, majestuoso. El patio se le parece, de

La biblioteca desmemoriada «Qué poca gracia tiene esto y qué giro más injustificado ha dado». Hace uno meses pensaba algo parecido al retomar después de un tiempo un libro que dejé por la mitad. Su autor era Eduardo Mendoza. Sin ser una de sus mejores novelas humorísticas sí que tenía cierta gracia. Y era sin duda distraída. De pronto, sin embargo, el tono jocoso derivaba sin justificación hacia un argumento serio, muy sobrio. Y todo hay que decirlo: de diversión nada.

Unas palabras de Clint Eastwood han tenido una notable repercusión en las últimas semanas en las redes sociales. Y aún siguen teniéndolas, a tenor de los retuiteos que se mantienen a finales de agosto. Posiblemente ya las conozcan. El actor declaraba, entre otras cuestiones, que Trump representaba en cierto modo a todos aquellos que están hartos de la corrección política, y calificaba a la generación que se mueve dentro de sus parámetros como mariquitas o lameculos. Apostaba en ese sentido por

¿Qué ocurre cuando unos huesos se niegan a ser encontrados? Federico García-Lorca moría fusilado hace 80 años esta misma semana. En cualquier país civilizado tal efemérides sería motivo suficiente para establecer una fecha en la que un suceso así tuviese un significado constructivo. Pero España es ese país lorquiano donde nadie ha leído a Lorca, una nación funeraria, como señala José Antonio Escohotado, en la que sólo se reconoce al prójimo cuando es un cadáver. Ahí se dice ya lo

«Primero fue la poesía. Después el póquer. Finalmente, suponemos, la pasión por las naves negrófagas y, en particular, por el buitre leonado». Así empieza el prólogo de Raquel de Larua a El bestiario de Ferrer Lerín. Esos renglones resumen perfectamente el carácter de un escritor insólito, interesantísimo y cumbre del humor en español. En este país donde la comedia de altura es despreciada eso casi puede tomarse por un insulto. Para el que esto suscribe es el mejor de los elogios.

Venía todos los días. Recorría toda la librería de arriba abajo. Será sólo un ratito, me decía con la mirada, pero se pasaba allí toda la mañana. Y yo, por no molestarla, dejaba que repasara los libros como si fuera a comprar algo. A veces leía uno o dos capítulos y ponía una marca para seguir al día siguiente. Pero lo hacía con cuidado, no sé si para que yo no lo notase o para no dañar el libro. Vestía