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sábado, 14 de diciembre de 2013 Las muchas casas de John Keats En Londres abundan las casas de escritores. El respeto que muestran los ingleses por el legado de sus creadores, en sintonía con su aprecio general por las tradiciones, excede vergonzantemente al que campea en España, donde, por ejemplo, la casa de Vicente Aleixandre, en la calle Velingtonia, que fue un centro de irradiación de la poesía en nuestro país, sigue en un malhadado abandono, fruto de la desidia

ESTIGMA el aullido interminable lo que duele por dentro lo que nos bloquea lo que nos angustia lo que hay que expulsar la náusea el horror el tedio el miedo lo que nos distingue la luz y la sombra el tormento el éxtasis la soledad la tristeza la rutina el ansia la baja autoestima el exorcismo la catarsis el extrañamiento el vacío la evasión la huida la paranoia la impaciencia el trastorno el extravío la desconexión y la pérdida el

Cuando murió Diana, Manuel el Cubano, a quien conocíamos por don Manuelito, cerró la puerta de la casa y se refugió en la última planta del Hotel Las Sibilas. Era un forastero y no tenía amigos. Aun así hubo quien echó de menos sus idas y venidas por la calle de Hurones con el traje de lino impoluto, la corbata de hebilla y un habano entre los dedos. Añoraban su estampa estival y caribeña que le convertía en un viandante improbable en

Esta viñeta de Pat Carra pertenece al libro La bella durmiente hace el turno de noche, de Sabina editorial. Pueden conseguirlo, ya lo saben, en la generosa red de librerías con las que trabajamos.

  Él, que soy yo, o sea, H, me vuelve a decir que nunca se sintió tan otro como cuando aterrizó en aquella ciudad lejana. Nada más salir de la terminal, vio que había otros taxis informales en los que seguramente el trayecto a la ciudad le costaría la mitad de precio. Prefirió no arriesgarse: desconocía aquella capital y aquel continente y, para un turista europeo, el doble de la tarifa local no era nada. Subió a un taxi «oficial»

Sexo o muerte NO SÉ si hablo de sexo o de muerte, tu cuerpo desvanecido después de su último temblor. El sudor frío que recorre tu sien, el gemido ahogado en tus cuerdas vocales. Y en tu lengua, de repente inerte. No sé si es muerte o sexo;                                 te vas,                            

La viñeta de Pat Carra en Librerantes

Claro que me gusta dormir. Meter mi cuerpo desnudo bajo las sábanas limpias, taparme bien con ellas hasta medio rostro y doblar la almohada para aumentar el volumen y descansar algo más alta mi cabeza. Cerrar los ojos y sumergirme inmediatamente en la placidez del sueño durante varias horas. ¿A quién no va a gustarle todo eso? No es que no me guste dormir, es que no puedo. Y cuanto más lo deseo más imposible me resulta. Ya ni siquiera

—¿Renata? —¡Estoy esperando! —¿Esperan…? ¡AH! ¡El cuento! —Eso. —Vale, vale. Pues ahí va. Voy a improvisar, ¿eh? —A ver. —Érase una muchacha preciosa llamada Renata. —Empieza bien. —Ja, ja. Pues espera y verás. Una noche conoció a un turista español que le cayó en gracia. De hecho, y a pesar de que ambos tenían pareja, los dos se cayeron en gracia. Fue tanta la atracción mutua que sintieron a través de sus conversaciones por chat y sus transmisiones por cam,

La viñeta de Pat Carra en Librerantes