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Basta con revisar las primeras líneas de las notas biográficas que suelen acompañar sus libros para quedar avisado: Philip Whalen (Portland, Oregón, 1923 – San Francisco, California, 2002) fue eso que se solemos llamar un poeta beat. Whalen se encontró en Reed College, tras volver de su estadía en el ejército a finales de los años 40, con Lew Welch y Gary Snyder, dos figuras emblemáticas del movimiento. Ya en los 50, ubicado en la zona de la Bahía de

Varasek ediciones publica La práctica de lo salvaje. Por primera vez en castellano, un libro completo con sus ensayos Snyder propone la recuperación de una condición esencial que nos vincule verdaderamente con el territorio, la comunidad natural y con nuestro propio ser salvaje Nada de lo que aquí se dice pretende poner en duda la elegancia, el refinamiento, la belleza o la llamativa complejidad de eso que llamamos civilización, particularmente aquella que prima la cualidad sobre la cantidad y que no es sólo una excusa

Lo decimos muchas veces cuando no nos escuchan los autores: qué tostón el tener que acudir a la presentación de un libro. Pocos compromisos hay más pesados, más aburridos, más difíciles de evitar sin quedar mal, o regular. Y lo cierto es que estos actos para mayor gloria del autor y sus padres y sus primos, son una pesadez inaguantable. Recuerdo una ocasión —la tengo grabada a fuego en mi memoria, de tan mal como lo pasé— en la que un autor

Uno de mis hermanos solía explicar las habituales dificultades de convivencia en los pueblos, los odios ancestrales que se tenían los unos a los otros, el mal que se desean, por la imposibilidad de no ver durante un tiempo al que tan mal te cae, no poder alejarte de él; en lugares donde vive tan poquita gente no es fácil no coincidir, por no decir imposible. De manera que tienes, sí o sí, que tomarte el café en el bar cada mañana con el tipo que le dijo no sé qué a tu hermana, o con el que movió la linde a su favor para arañar «ya ves tú, qué miseria de tierra». Todas y cada una de las mañanas, a ese mismo tipo. Es complicado.

«No estoy acostumbrada, llevo fatal lo de estar a este otro lado», me dice Tamara Crespo cuando ve que enciendo la grabadora. Es la librera de Primera Página, una de las ¿12? librerías de Urueña, el pueblo de Valladolid donde hay más librerías que bares, tan sólo 182 habitantes censados el año pasado, según el INE, una muralla casi que en perfecto estado de conservación y unos 1.000 instrumentos musicales diferentes

Marta Martínez Carro es periodista; ha hecho el doctorado en fotoperiodismo y ética. Leo que detesta el huevo duro y, bueno, esta redactora tampoco sabe qué hacer con ese dato. Quise quedar con ella, sobre todo, por curiosidad, qué es eso de pedir dinero a la gente, a desconocidos, para montar una editorial, cuánto dinero te han dado ya, cómo llegaste a Ensayos del dolor propio; y ahora qué, qué será lo próximo. Lo mejor de Marta, sin duda, es su empuje, la arrolladora pasión que pone en todo lo que hace, en todo lo que quiere hacer. Y lo original de sus propuestas, que suele además llevar a cabo, como debe ser.

Maite Larrauri (Valencia, 1950) fue durante más de treinta y cinco años profesora de filosofía en centros de enseñanza media, militó activamente en la oposición antifranquista e introdujo en España el feminismo italiano de la diferencia.