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Dedicantes

Dedicatorias, libros, recuerdos… Literatura

«En el caso de Javier Marías fui a que me firmara un libro, que compré en su caseta. Le pedí que me firmara con mi propio bolígrafo en la creencia de que así me conferiría parte de su aura. Se negó. En el de Eugenia fue la primera vez que quedamos. Quedamos en una pizzeria de Bilbao o de Alonso Martínez. Charlamos, me dedicó un libro, y luego cenamos una pizza. Con el tiempo la acompañé a la entrega de premios de Planeta 2000, donde tuve lugar en la cena dado que falló la agente de Paulo Coelho».

Mafalda llegaría algo más tarde. Para quedarse. Las niñas íbamos a empezar a reparar en un montón de cuestiones de las que no habíamos tenido siquiera una mínima sospecha: el hambre, el feminismo, las guerras, la economía mundial, la política, qué está bien, qué mal, qué quería decir la palabra inocencia.

Hace ya más de veinticinco años de aquel viaje a Cáceres en el que Javier Tomeo dio una charla para setecientos alumnos. A alguien de la universidad se le ocurrió que quien asistiera a las cuatro conferencias de escritores del ciclo que organizaron se le dieran alegremente unos cuantos créditos académicos (en aquella época —aunque parezca increíble— aún existían cosas gratis) Resultado: setecientos chavales llenando el auditorio del antiguo convento de San Francisco sentados incluso en los pasillos, las escaleras

Nunca he sido fetichista ni he perseguido la foto o el autógrafo de nadie. Sin embargo, cuando supe que Houellebecq visitaba Molina de Segura, localidad a veinte minutos escasos de mi casa, me emocioné bastante, pues en aquel momento (abril de 2014), como hoy, lo tenía por uno de los cinco mejores escritores vivos del planeta. Fui de los primeros en llegar y me senté a esperar con mi ejemplar de Las partículas elementales. Poco a poco la sala se

El periodista y escritor Ricardo Bada puede presumir de tener dos dedicatorias muy especiales, realizadas por un par de escritores que alcanzaron un cierto estatus de mito en vida: Gonzalo Rojas y Juan Rulfo. En este caso El alumbrado y la archiconocida Pedro Páramo fueron objeto de las firmas. Los librerantes nos permitimos redondear estas dedicatorias precisamente con el poema que Rojas dedicó a Rulfo: Mariposas para Juan Rulfo. Sirva de prólogo para esta nueva entrega de nuestros «Dedicantes». Cómo fornicarán felices las

El 1 de agosto de 2016 comenzó un cambio de era en mi vida, siempre ligada a los libros, pero nunca tan directamente. Soy periodista, pero hace un año me reconvertí en librera (una audacia por mi parte), con la ayuda de mi compañero de vida y, durante mucho tiempo, también de trabajo, Fidel Raso, que es fotoperiodista. Alfonso Armada ha sido para Primera Página como un ángel protector, nos alentó en el momento más difícil, el del salto al

Es del 15 de marzo de 2016, Patricio Pron presentó su última novela, No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles, en la librería Cálamo de Zaragoza. Víctor Gomollón acudió a la cita y se llevó este ejemplar dedicado:   Víctor Gomollón es editor en Jekyll & Jill, fetichistas de los libros. Son de Zaragoza.

Para el abajo firmante, que es librero, resulta relativamente fácil conseguir dedicatorias de sus autores favoritos: basta con invitarlos a tu establecimiento para presentar su libro más reciente, y asunto resuelto. Pero una librería también es una atalaya, desde la que pueden verse cosas singulares como el proceso de documentación de un autor, y así contemplar el camino de lecturas que necesita recorrer hasta sentirse preparado para afrontar su siguiente obra. A lo largo de los meses dedicados a la

En esta ocasión nos quedamos con dos dedicatorias que nos manda la directora de Uve Books, Sandra Márquez. Son dedicatorias realizadas por los propios autores en proyectos editoriales de la propia Sandra. El primero de ellos El espíritu de la Escalera, de David Fueyo. El segundo Bedés Penyeach, de Alfonso Zapico, con dibujito incorporado.  

«Cuando terminé de leer Llámalo sueño me embargó una emoción tan grande que tras conseguir el teléfono de su autor, Henry Roth, le llamé a Alburquerque. Le dije que tenía previsto hacer un largo viaje por Estados Unidos y que me encantaría verle. Me dijo que sería bienvenido. Fue un inolvidable viaje de casi cuarenta días, la mayor parte en tren, en el verano de 1992. Mr. Roth se presentó en mi motel acompañado de Felicia, su asistente, que conducía