Archivo de Autor - Raquel Blanco

Libros de filosofía como aperitivo La cita fue en una de nuestras librerías preferidas: Muga. La excusa, uno de los libros de la colección Filosofía para profanos, el primero de la serie que está publicando —ya van tres títulos— la editorial librerante Los libros de fronterad , El deseo según Gilles Deleuze. Pudimos conocer por la propia autora, Maite Larrauri, de dónde surgió la idea, qué cabe esperar de la lectura de estos libros tan pequeños, cuál es su ambición. No vamos a dejaros hoy más que unas fotos, es así

Lo decimos muchas veces cuando no nos escuchan los autores: qué tostón el tener que acudir a la presentación de un libro. Pocos compromisos hay más pesados, más aburridos, más difíciles de evitar sin quedar mal, o regular. Y lo cierto es que estos actos para mayor gloria del autor y sus padres y sus primos, son una pesadez inaguantable. Recuerdo una ocasión —la tengo grabada a fuego en mi memoria, de tan mal como lo pasé— en la que un autor

Fue en la librería Venir a cuento. Sábado 12, a las doce de la mañana. [La becaria acudió a la cita sin batería en la cámara de fotos. Como nos costaría un dineral despedirla, en fin, hemos optado por usar las fotos que sacó con el móvil. Y que sea lo que Dios quiera.] Los niños fueron llegando, más o menos puntuales. Aquí aún no estaban todos… Al fondo, los editores: Antonio Cordero saluda a su hermano Gonzalo; Enrique Mercado, editor

Perder ciudades dos viajes en el siglo XXI, de Hilario J. Rodríguez (New Castle, 2015) Que son muchos libros los que se publican en este país y que esto no parece que pueda pararlo nadie da fe la mesa de novedades de cualquiera de las librerías medianas de cualquier ciudad: libros que se apilan en torres; algunos, los menos, a elección del librero y su parroquia; otros, los más, a elección del comercial asignado a la zona, o del propio editor

Uno de mis hermanos solía explicar las habituales dificultades de convivencia en los pueblos, los odios ancestrales que se tenían los unos a los otros, el mal que se desean, por la imposibilidad de no ver durante un tiempo al que tan mal te cae, no poder alejarte de él; en lugares donde vive tan poquita gente no es fácil no coincidir, por no decir imposible. De manera que tienes, sí o sí, que tomarte el café en el bar cada mañana con el tipo que le dijo no sé qué a tu hermana, o con el que movió la linde a su favor para arañar «ya ves tú, qué miseria de tierra». Todas y cada una de las mañanas, a ese mismo tipo. Es complicado.

«No estoy acostumbrada, llevo fatal lo de estar a este otro lado», me dice Tamara Crespo cuando ve que enciendo la grabadora. Es la librera de Primera Página, una de las ¿12? librerías de Urueña, el pueblo de Valladolid donde hay más librerías que bares, tan sólo 182 habitantes censados el año pasado, según el INE, una muralla casi que en perfecto estado de conservación y unos 1.000 instrumentos musicales diferentes

Marta Martínez Carro es periodista; ha hecho el doctorado en fotoperiodismo y ética. Leo que detesta el huevo duro y, bueno, esta redactora tampoco sabe qué hacer con ese dato. Quise quedar con ella, sobre todo, por curiosidad, qué es eso de pedir dinero a la gente, a desconocidos, para montar una editorial, cuánto dinero te han dado ya, cómo llegaste a Ensayos del dolor propio; y ahora qué, qué será lo próximo. Lo mejor de Marta, sin duda, es su empuje, la arrolladora pasión que pone en todo lo que hace, en todo lo que quiere hacer. Y lo original de sus propuestas, que suele además llevar a cabo, como debe ser.

Alguna vez lo hablamos: se publican demasiados libros, libros que a ver para qué se publican si, seamos honestos, hubiera dado lo mismo que no se hubieran publicado; es decir, no lo mismo, voy a precisar: hubiera el sector, sin tener que soportar la carga de la publicación, trasporte, colocación y conato de venta de toda esa basura, podido respirar algo mejor. Se notaría para bien, digo. Porque la oferta editorial es tan amplia, se manejan números tan desproporcionados[1], que

Esta reseñita va dedicada: A Enrique. Para que no se enfade cuando me enfado cuando dice lo de literatura para mujeres. Y a Lola. Para que se lo lea. De niña, mucho antes de tomar conciencia de a qué podía querer referirse alguien cuando, desde esa altura desde la que que se habla cuando uno no se ha dado cuenta aún de la descomunal metedura de pata que supone ponerle a un texto la etiqueta de «literatura para mujeres», meter en el mismo