Archivo de Autor - Jerónimo Fernández Duarte

Sirgar era el método por el que se remontaban los ríos navegables antes del vapor y cuando no soplaba viento. Consistía en que un hombre o un animal remolcaban la embarcación tirando de ella por la orilla. El Ebro era navegable hasta Zaragoza hasta no hace mucho y en Camí de Sirga, de Jesús Moncada, nos habla de esos tiempos, del último siglo de vida de la villa de Mequinenza, antes de ser sepultada por un pantano de los muchos que

*Nota de la editora: por cuestiones que no viene al caso enumerar aquí no publicamos esta entrada el domingo pasado. Estaba programada para hoy. Sirvan las palabras de Jerónimo Fernández Duarte como cumplido homenaje por parte de los librerantes. Gran mujer. Aquí nuestra consideración.

Christopher Isherwood fue la primera persona a la que W.H. Auden oyó decir algo gracioso, cuando ambos iban camino de la escuela, a los cinco años. Su amistad se mantendría a lo largo de los años y llegarían a escribir libros —de viajes, reportajes, obras de teatro— a cuatro manos y a emigrar juntos a los Estados Unidos. Hijo de un oficial británico muerto en la Iª Guerra Mundial, Isherwood vivió en la Inglaterra del rey Jorge V yendo a

Como no podía ser de otra manera, el padre de Jim Thompson era un sheriff corrupto apodado Big Jim, que tuvo que huir a México al poco de nacer el pequeño Jim para evitar ser encarcelado por malversación de caudales públicos. El pequeño Jim pasó parte de su infancia sin padre, al cuidado de su abuelo materno, que lo introdujo en tres campos de estudio: la literatura, las mujeres y el whisky.

Por contravenir a Pound, empiezo hablando algo del autor: ha acabado siendo un personaje en sí mismo, tal vez por todo lo que dijo e hizo en vida, que fue mucho y variado. No es difícil imaginárselo alto, pelirrojo, vestido con un traje de terciopelo y sombrero de vaquero. No, no era de los que pasan desapercibidos, el bueno de Ezra. Y eso se nota en cómo escribe este El ABC de la lectura

La foto de la solapa de todos los libros de Sándor Márai, esa fiebre primaveral —los libros, no Márai— que prendió en nuestras librerías en la segunda mitad de la pasada década, muestra al autor ya maduro, vestido con un abrigo grueso, holgado, algo informe en los hombros, un punto viejo. Una corbata irreprochable asoma por entre sus solapas. Lleva también una boina espantosamente calada, tal como la lleva Malkovich haciendo de Ripley. Se ha quitado las gafas y las
Cubierta de la novela reseñada en el artículo

[La novela de Ferrara, de Giorgio Bassani. Editorial debolsillo, 2008] Giorgio Bassani será siempre recordado por haber recomendado la publicación de El Gatopardo, que había sido rechazado por diversos lectores con el síndrome de Gidé. Pero, aunque hubiera permanecido igual de ciego —o poseído por el nefasto prurito de realismo social o de literatura comprometida— que los demás, es posible que siga siendo recordado por haber escrito La novela de Ferrara, un ciclo narrativo que armó durante 30 años sobre
Fotografía en blanco y negro de Robert Graves

Hay una tumba en Mallorca que quiero visitar. No es que yo sea un gran visitador de tumbas, pero, de vez en cuando, me apetece visitar alguna. Quise visitar la tumba de Pessoa en Lisboa. Supuse que estaría en el cementerio Dos Prazeres, un nombre precioso, ya que es el cementerio más cercano a una de sus últimas casas en la Rua Coelho Rocha. Estaba equivocado, pero eso me permitió conocer un bonito cementerio con tumbas que parecen casitas de
foto de paul bowles

Déjala que caiga es la respuesta que da uno de los asesinos de Banquo cuando este hace el comentario intrascendente de «parece que se avecina lluvia». Y es la última frase que Banquo oye. En la breve nota introductoria del propio Paul Bowles a la novela —escrita la nota unos 30 años después— nos dice que esa frase le fascina desde que leyó Macbeth con ocho o nueve años. Le entiendo. Aunque nunca fui tan precoz como para leer Macbeth

Carson McCullers publicó su primera novela, El corazón es un cazador solitario, con veintitrés años, en 1940, el mismo año en el que moría a los cuarenta y cuatro años de edad Francis Scott Fitzgerald. Más que de relevo generacional, puede hablarse de una escritora precoz que publica su primer libro y un cadáver precoz que se reúne por fin con la tierra. La brillante lost generation recibiría el reconocimiento de dos premios Nobel a principios de los cincuenta y la generación de la