Archivo de Autor - Jerónimo Fernández Duarte

«¿Le gustan las orquídeas? Yo las odio. Su tejido es demasiado parecido a la carne humana, sus tallos parecen dedos de cadáveres recién lavados, y su perfume tiene la podrida dulzura de una prostituta». Son palabras que el general Sternwood le dice a Philip Marlowe la primera vez que se ven, en el invernadero de la mansión de Sternwood, que ha contratado a Marlowe para que libre a su hija menor de un chantajista. Están en El sueño eterno, primera

Lo primero que me viene a la cabeza cuando pienso en Hemingway son dos imágenes violentas. La primera explicada por él mismo en París era una fiesta; la soberana paliza que le pegó a su mujer por perderle la maleta donde guardaba todos sus manuscritos. La segunda explicada por Guillermo Cabrera Infante, no recuerdo ahora si en Cine o sardina o en una entrevista de prensa; Hemingway le invitó a pescar el pez espada. Una vez en alta mar, el

Una idea de Harold Bloom  que me sorprendió leyendo El canon occidental fue la de que muchas de las lecturas verdaderamente creativas son erróneas de manera deliberada. Como leí el libro hace seis o siete años, y ahora además está fuera de mi alcance, entre mis libros de Barcelona —tengo una biblioteca escindida y medio embalada—, me es difícil asegurar si eso es lo que en verdad escribía Bloom o se trata de una lectura, a su vez, errónea por mi parte. De todos modos,

El duelo es un librito de 100 páginas, coquetamente editado por Gadir el mismo año en el que se han publicado por primera vez completas las Memorias de Casanova. Fue escrito en Venecia, en 1780, en italiano, cuando Casanova era informante de los Inquisidores del Estado, los mismos que lo habían condenado a la reclusión en Los Plomos, la célebre prisión de Venecia de la que Casanova fue el primero y el último en huir, y mientras hacía vida marital

Los tigres son más hermosos se publicó en 1968, en pleno éxito de lo que había supuesto el redescubrimiento de Jean Rhys con su Ancho mar de los sargazos. Aunque vale la pena contextualizarlo, es importante decir que no se trata de un puñado de relatos escritos deprisa y corriendo para aprovechar la estela o la resaca de ese éxito. Los relatos de Los tigres son más hermosos habían sido escritos también durante ese período de ostracismo, de pensiones baratas, casas míseras, alcohol, vagabundeo siguiendo al que fuera su segundo marido

La señora Dalloway Mi primer encuentro con Virginia Woolf fue en la adolescencia; me encontré con un ejemplar de Las olas, o de Al faro, no lo recuerdo, que corría por casa, y salí huyendo. Tal vez fue un encuentro prematuro. Desde entonces siempre me había producido mucho respeto, procuraba no acercarme demasiado a ella. Por otro lado, también estaba el hecho de que supiera que había saltado al Támesis con los bolsillos llenos de piedras un día de 1941. Ahogarme o

Antes de que se me olvide y empiece a divagar y a perderme: La casa de los encuentros tiene por los menos dos golpes maestros que convierten a Amis en todo un virtuoso. Por un lado, la decisión de acometer el punto de vista narrativo más seductor y más difícil, un empeño suicida si uno no es un escritor como la copa de un pino. Al narrar la historia como un exiliado ruso, ex-convicto de un gulag, lo más fácil

Reseña de El dios de las pequeñas cosas, de Arundathi Roy Este libro corría por casa y me decidí a leerlo, a pesar de lo exagerados que me parecían los comentarios de la contraportada – soy escéptico con las contraportadas. Para empezar, como siempre, reconoceré mis límites y mis conflictos. No tengo ni idea sobre literatura india y me hacen fruncir la nariz las palabras fenómeno literario del año. Con este libro me ha pasado lo mismo que con Al final de la

La primera vez que me acerqué a un libro de Virginia Woolf, no recuerdo ahora si Las olas o Al faro, tenía unos 16 años y salí huyendo. Tardé más de 20 años en volver a acercarme a Virginia Woolf; leí La señora Dalloway y después su famoso Una habitación propia y después El lector común, con sus reseñas y artículos literarios. Como los años vuelan y los libros pendientes se acumulan he tardado más de lo previsto en volver

Trieste siempre me sonó a triste. Más austríaca que italiana, o tal vez más eslovena que italiana, más cercana al Danubio que al Adriático. Trieste es para mí sinónimo de exilio porque allí vivió el suyo Joyce, dando clases de inglés en la Berlitz y añorando las calles de Dublín y el Trinity College. Cierto es que Joyce también pasó parte de su exilio en París, pero ya se sabe: la luz, l’ amour… También en Trieste esperó Casanova el