Inicio»Puentes»Libros que leemos»Arundathi Roy: un debut irritante

Arundathi Roy: un debut irritante

0
Compartidos
Pinterest Google+
arundhati-roy_01
Una joven Arundathi Roy

Reseña de El dios de las pequeñas cosas, de Arundathi Roy

Este libro corría por casa y me decidí a leerlo, a pesar de lo exagerados que me parecían los comentarios de la contraportada – soy escéptico con las contraportadas. Para empezar, como siempre, reconoceré mis límites y mis conflictos. No tengo ni idea sobre literatura india y me hacen fruncir la nariz las palabras fenómeno literario del año.

Con este libro me ha pasado lo mismo que con Al final de la escapada de Godard: me ha producido una irritación que no me ha permitido disfrutar de sus evidentes virtudes. Aclaro desde ahora que no se debe a que lo haya escrito una mujer, a que haya sido un éxito ni nada de eso: simplemente no soporto que alguien sea capaz de destrozar la escena principal de su propia novela por darse el gusto de enseñarnos lo bueno que es y lo bien que lo sabe hacer. Llamadme maniático si queréis.

Lo que más me sorprendió al empezar a leer era lo familiar que me resultaba todo… esta es una novela gótica sureña teletransportada al sur de la India, en Kerala: hay una familia en decadencia, una matriarca que promociona a un paria — el equivalente a un negro en el sur de E.E.U.U— y el paria que se acuesta con su hija — con el consiguiente escarmiento policial trasunto del linchamiento—, una mansión que conoció tiempos mejores, una casa abandonada en una plantación  (¿ no había un hotel abandonado en Otras voces, otros ámbitos?), un heredero excéntrico -(¿ el primo Randolph de Otras voces, otros ámbitos?) un jefe del partido comunista local que me recuerda a uno de los Snopes de Faulkner… Y en este momento hago un aparte.

Se compara a la Roy con García Márquez, pero no es García Márquez. Esta comparación no debilita la mía con los sobrinos de Faulkner más que con Faulkner mismo, ya que García Márquez también es sobrino de Faulkner. Alejo Carpentier se sacó del bolsillo lo de lo real maravilloso, pero el realismo mágico y el gótico sureño son las dos orillas del mismo proceloso mar Caribe, con alguna sucursal aquí y allá, véase Kerala. El cóctel es: personajes desolados en un ambiente que ha quedado fuera del tiempo, en una perpetua derrota y en el que suelen darse odios raciales —aquí entre castas— y las más diversas perversiones sexuales incluído el incesto, que en el que nos ocupa está metido con calzador. Los sobrinos de Faulkner, que a mí me gustan mucho, incluyendo a su sobrino nieto Barry Gifford, se caracterizan por la utilización sistemática de lo grotesco y la nostalgia. Cierto que uno se hizo dramaturgo para no pelearse en serio con tío Will, otro se fugó a Nueva York y acabó convirtiendo el periodismo en un arte y que la otra se consumió por dentro y se quedó en la narración corta, a pesar de su notable talento. Los sobrinos sudamericanos tenían menos complejos y se inventaron Yokanotawaphas — estoy seguro de que lo escribo mal— que se llamaban Comala o Macondo, a imitación de su ilustre tío, bigote y pipa en la mano, aspecto de terrateniente.

Arundathi Roy nos introduce en el Kathakali, que es un teatro tradicional, diciéndonos que las grandes historias no le dan importancia a por dónde se entra a ellas ni a cómo se cuentan. Aunque lo que quiere decir que no hay lugar en ellas para la sorpresa, a pesar de lo cual se leen hasta el final. Y debería decir que no hay lugar a ellas para que su autor se pavonee y acabe utilizando frases una y otra vez, fastidiosas como estribillos, para caracterizar a este y al otro. Vale, Homero lo hacía, pero era para no perder el hilo en la recitación de un poema que podía durar días. No renuncia ni a los estribillos ni a demostrarnos lo marisabidilla que es ni cuando los policías están a punto de atrapar y castigar al paria, o sea, en el momento principal. Y, lo que es más curioso aún: en estos tiempos de crisis nos hace cuestionarnos por qué nos da dos personajes por el precio de uno que son supuesto motor de la acción pero de los que se podría haber podido prescindir a mi equivocado modo de ver.

Si comparo El dios de las pequeñas cosas con El corazón es un cazador solitario puede verse lo que quiero decir. En su novela, la sobrina MacCullers no trata de demostrarnos en cada página lo lista que es y deja que sea la historia la que le enseña a ella por dónde debe ir.

No digo con todo esto que El dios de las pequeñas cosas sea una mala novela, pero sí que sus defectos de primera novela son muy evidentes: un intento de tratar todos los temas, un exceso de exhibicionismo, alguna emoción falsa, un narrador que en ocasiones cree que sus lectores son tontos… Lo dicho, la irritación no me ha dejado disfrutar de sus logros. Es probable que su mayor defecto, la ambición, sea su mayor virtud. No sabemos todavía si Arundathi Roy puede mejorar porque no ha escrito una segunda novela, van diez años ya.

Claro, que John Updike dice en la contraportada que se trata de un debut tan deslumbrante en la novela como el de Tiger Woods en el golf. Entre Updike y yo, os recomiendo que le hagáis caso a él. Por algo escribía en el New Yorker.

Sin comentarios

Dejar una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *