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Aprender a jugar [por Ángel Gabilondo]

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En cierto modo, vivir es un permanente jugar. Y esto no les impide a ambos ser algo serio: al vivir y al jugar. Más aún, la vida es un juego serio. Y ello no obstaculiza que pueda ser bien divertido. Y bien difícil. En general, en muchas ocasiones ni siquiera llegamos a practicarlo adecuadamente. Necesitamos aprender y, en alguna medida, no dejar de hacerlo.

De una u otra manera, eso exige algunas reglas y condiciones, acordadas y aceptadas, compartidas y respetables. Y necesita alguien que las interprete y arbitre, mientras los demás las asumen. Es preciso, a su vez, no cuestionarlas en pleno proceso de ejecución del juego, pues su fuerza consiste exactamente en esto, en ser las reglas de juego, decididas y consentidas. Por tanto, desde luego, incumplirlas ha de tener sus consecuencias para quien las infringe. De este modo, el juego se constituye en una gran metáfora social y en una escuela de comportamiento y de acción ajustada.

Especialmente significativo resulta cuando el juego es coral, plural, en equipo. La emoción y la responsabilidad de afrontar unidos una tarea vinculan profunda y radicalmente, no ya sólo por la suerte o el destino compartido, sino a su vez por la travesía conjunta que conlleva. Y un resultado incierto. Ello insta a apostar intensamente del modo más concreto, con el compromiso no ya sólo del esfuerzo, ya que también se requiere la preparación, la competencia, el oficio. Y se exige adiestramiento, ensayo y cuidado. Todo un verdadero aprendizaje. Y no sólo para reaccionar, se precisa elegir y decidir. Más aún, requiere entrega. Y solidaridad. Y para eso se requieren razones y convicciones.

Nada más descorazonador que la exhibición individualista de quien es incapaz de reconocer a los demás y de reconocer que son asimismo tan necesarios como uno mismo. Aquí también la autosuficiencia funciona como incompetencia. Saberse singular en el seno de lo común implica comportarse de modo diferente, no indiferente. Eso supone un permanente tener en cuenta al otro y eso es literalmente contar con él. En tal caso, la genialidad no es mera originalidad, sino creatividad, potenciación de lo colectivo, a través de la acción particular. Sóolo se es alguien destacable en la integración, en la incorporación en un desafío plural. Efectivamente, el gran jugador es tan singular como plural. Juega y hace jugar, esponja el juego. Y esto no significa sencillamente capacidad de adaptación, sino versatilidad en la respuesta. En esta medida siempre lo individual se nutre de lo colectivo y viceversa. Y no hay individualidad brillante sin equipo competente. Tras él, tras ella, con él, con ella.

Las condiciones del juego no son entonces meros condicionantes, sino oportunidades para hacer valer las mejores capacidades. Entre ellas, sobremanera, la inteligencia social que comporta en su definición una auténtica inteligencia espacial. El campo de posibilidades se define expresamente como campo de juego. En tal caso, no es suficiente con una adecuada colocación. A pesar de resultar tan importante, se precisa el don de la referencia, del desplazamiento y de la permanencia, la capacidad de ver y de mirar, de situarse en un contexto, y semejante don supone mucho más que la movilidad, o la agitación. Implica una auténtica movilización, no ya simplemente de los jugadores, sino de las posibilidades propias del juego. Y ello no se agota en la estrategia o en la táctica preconcebidas, por otro lado necesarias. Se puede jugar bien de diversas maneras. Pero lo que define que efectivamente se trata de un juego es la conveniencia y la importancia de ganar.

Ganar es un verbo tan atractivo como inquietante. No sólo porque supone siempre la posibilidad de perder, sino porque comporta la necesidad de añadir que no se trata de hacerlo de cualquier manera y a cualquier precio. No faltan quienes al respecto opinan de un modo diferente, pero si bien es indispensable querer ganar para que propiamente quepa hablar de un juego, es asimismo indispensable saber perder dignamente, si es preciso con dolor, lejos de toda apatía o indiferencia.

Reconocer, cuando se trata de un deporte, que ello comporta otros valores sigue siendo decisivo. La competitividad y la rivalidad implican hacerse cargo de hasta qué punto se empieza por jugar con uno mismo, para lograr lo mejor de sí, para vencer tantas resistencias y hostilidades, tantas comodidades propias, tantas ansiedades e inseguridades, tantas claudicaciones y resignaciones precipitadas por la situación, por la coyuntura, por el estado de ánimo. Y es aquí donde la entrega personal se encuentra con las vicisitudes, las fortalezas y las fragilidades ajenas. Competir con los demás empieza por hacerlo con uno mismo y junto a los otros. Y en ello, la serenidad y la concentración son determinantes. Ni siquiera la brillantez de lo esporádico, la irrupción en el instante decisivo, siendo imprescindibles, suplen esta permanente celebración de la insistencia, la persistencia y la coherencia. Son su fulgor.

Hay deportes, a su vez, en los que el ejercicio, del cuerpo y del espíritu, se las ve muy especialmente con el azar, la materialidad y la discontinuidad del movimiento. La maravillosa modalidad de lo que al respecto supone la figura y la acción de un balón, o de una pelota, convierte la danza, a su vez, en una activa contemplación y en una cierta dependencia. La de una referencia de lo que no se limita a correr su propia suerte, mientras, a la par, queda sometida a la intervención de los jugadores y a toda clase de inclemencias y de contactos. Y ello impone alguna necesidad. El jugador no sólo ha de jugar, ha de conjugar su voluntad y su deseo con la indeterminación que no se reduce a la intervención propia y que impone sus propias condiciones.

Entonces parecería que la tríada jugador, balón y los demás participantes definen la acción en un campo delimitado, con unas reglas concretas encaminadas en su caso a una necesidad, la de culminar, o como suele decirse, definir o realizar lo que ha venido a denominarse casi explosivamente «gol». Y así se establece la contabilidad, lo que vincula el juego a un resultado medible. Hay otras estadísticas, pero parece que no hay otra valoración. Los valores y la valía merecen aprobación, aunque no se constatan como victorias. La hay, de otro tipo, pero el juego implacable lo califica de falso consuelo. Ello no le resta ni grandeza ni alcance. Cuesta aprender que hay algo peor que perder, en el juego y en la vida.

Singularmente, no sólo uno no se reduce ni siquiera a lo que parece jugarse, sino que juega con otros, muchos más que aquellos con quienes comparte el terreno y el escenario. Porque, efectivamente, se tra ta de una puesta en escena que implica los colores compartidos y sentidos, la camiseta con su escudo y seña de identidad de un nombre propio que se inscri be en uno común, el marco tópicamente más o menos incomparable, por muy modesto que sea, estimulante o, si se tercia, algo intimidatorio, y quienes, de una u otra forma, no se resisten, no nos resistimos, a ser meros espectadores. Ya no es un simple ver. Es cosa de contemplar, que es un modo de considerar, de participar, de formar parte, no solo de tomar partido, de inter venir, en última instancia de jugarse conjuntamente algo.Y para semejante aprender se requiere la compañíay la complicidad de quienes son referencia y horizonte, de quienes son capaces de enseñar. Son maestros del aprender, enseñan a aprender. No simplemente propician las razones e impulsan las fuerzas, son quienes, en cierto modo, se ponen cerca para hacer crecer. Pero nadie aprende por otro. No trata de su plir, ni de suplantar, ni de vivir vampíricamente las vidas ajenas, o de proyectar frustraciones, y menos aún de hacer del éxito, en el modo en que torcida mente algunos lo consideran, la razón de ser de la entrega requerida.

En una sociedad que considera que el único sentido de algo es el triunfo y lo reduce a simple rentabilidad, no siempre bien entendida, aprender el don de la entrega, don que se recibe al darse, a un proyecto personal y colectivo exige todo un proceso de educación. Desde luego, en valores, principios y conviccio nes, pero a su vez en el trabajo bien realizado, en el oficio competente, en la consideración para con el otro y para con quienes asesoran, indican, señalan, dirigen. Y al respecto, no es tan fácil enseñar. Menos aún para incorporarse a una organización y formar parte de ella, contribuyendo a su mejora. Aprender a lograr lo mejor de uno mismo y a desplegarlo en un ámbito común, mientras a la par las actitudes y las competencias y habilidades se desarrollan, supone una labor minuciosa, programada, constante. Y un aprendizaje desde el primer instante.

Y aprender comporta un afecto. No simplemente el del cuidado y el trato personal, sino el de quien no descuida otras necesidades y posibilidades y las despliega y potencia para no reducir el porvenir a la incertidumbre de lo incontrolable. Un día se apagarán las luces del estadio. Y será preciso seguir el juego de la vida. Y entonces qué sabemos y, sobre todo, quiénes somos será decisivo en el nuevo encuentro de proseguir en el vivir. Ese afecto del enseñar comporta asimismo esperar algo de alguien, algo decisivo que ha de mostrase con un trato amable y riguroso, no rígido, exigente, no implacable, y minucioso, no obseso. Solo en semejante contexto, de sensata cordialidad, puede florecer fecundamente alguien capaz de afrontar el desafío de un juego, en el que algo entre realmente en juego.

Y así nunca se desdibujarán el deseo y el placer, que son elementos decisivos de la dicha y el gozo de jugar, de la permanente sensación de fiesta y de salud cada vez que, por fin, alineados frente a frente, uno a uno, una a una, se encuentren ante la ocasión de mostrarse a sí mismos y a los otros, la belleza del juego entregado, la grandeza de la mesurada y cultivada pasión. Solo desde semejante verdad cabe disipar cuanto tergiversa, enreda y dilapida esta sensación, cuando acalla esta palabra sencilla y directa del juego, con otros intereses.

9788494126611-Cartas-a-jovenes-futbolistasPuestos a decir algo a alguien, conviene decírselo a sí mismo. Dado que nuestra verdadera palabra es la forma de vivir y de obrar, nada enseña más que lo que hacemos. Se educa por contagio. Una carta enviada a otro destinatario pasa de una u otra forma por uno. La que remite Rilke a un joven poeta no se reduce a una retahíla de consejos, ni de recetas, ni de consignas. Es la transmisión de un amor y de una experiencia. Sin ellos, poco cabe enseñar, ya que en cierto modo hacerlo siempre es compartir conocimiento y actitud, para transitar juntos. Se trata de despertar, de hacer brotar, no de vivir vidas ajenas. Por eso requerimos otras palabras y leer despacio, con atenta escucha las que, sin paternalismos, antes bien con la cordialidad de quienes comparten el mismo afán nos llegan a de cir. Y dicen a quienes encaminan sus pasos dispues tos a ponerse en juego. La sencillez de un dejarse decir es entonces clave para aprender.

Pero, en definitiva, nada es comparable a la satis facción de jugar, de participar en lo que hermosa mente se llama «un encuentro». Preservar la emoción de la víspera, de los antecedentes, de los inminentes prolegómenos, prepararse, predisponerse para final mente saltar al campo y jugar, simplemente, bella mente, jugar. Cuando eso ha ocurrido, es difícil sus traerse al deseo de su retorno. Y no pocas veces uno se encuentra viviendo la vida con esa misma actitud, la del sueño de aprender cada día a jugar.


[Ángel Gabilondo. Catedrático de Metafísica en la Universidad Autónoma de Madrid (de la que fue rector), es profesor en la  Facultad de Filosofía y Letras, donde hizo sus estudios de  Licenciatura y se doctoró con una tesis sobre Hegel titulada El concepto como experiencia y sistema. Ha publicado diversos libros y es autor de numerosas traducciones, introducciones y ediciones. Tras ser presidente de la Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas (CRUE), ha sido ministro de Educación. Actualmente, además de su labor docente y de sus intervenciones en diversos foros, publica El salto del ángel, blog en la edición digital de El país.]

[Este texto, íntegro, conforma el prólogo al libro Cartas a jóvenes futbolistas, de Continta Me Tienes]

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