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Algunas notas sobre ‘La libertad según Hannah Arendt’

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O por qué hay que estudiar filosofía en las escuelas. Otra razón más

El proceso es el siguiente: selecciono una serie de citas textuales, se las paso a Max y él las dibuja, hace una especie de aproximación intuitiva, no filosófica, él no es filósofo; de hecho, él suele decir que es mi primer aprendiz de filosofía.

Maite Larrauri en librería Muga el pasado 17 de marzo.

Me van a entender mejor quienes como yo siguen y devoran los títulos de la colección Filosofía para profanos que publica, libro a libro, cada tres o cuatro meses, la editorial Los libros de fronterad: esta semana estamos de fiesta; acaba de salir el cuarto de los diez volúmenes ilustrados que conforman la colección.

En mi caso, además, y como no podía ser de otro modo, esperaba con especial interés éste: La libertad sobre Hannah Arendt. No es en absoluto casual que se haya elegido justo el día de hoy para publicar estas notas. ¿Han votado ya?

Pensar nos impide ser crédulos y obedientes, no nos dejaremos tan pronto convencer por lo que todos dicen o por lo que dictan las modas o por los discursos oficiales. Nos habremos vuelto más atentos hacia lo particular, nos habremos alejado de las creencias comunes.

(…)

Sólo pensar no nos hace libres, porque la libertad se muestra en la acción, en la intervención en el mundo para hacer aparecer algo que previamente no existía.

[¿Y qué es lo que han votado? ¿Y por qué?]

Es ésta la idea que escoge Maite en esta ocasión —la libertad— para «abrirnos el apetito», en palabras de la propia autora, y querer conocer más acerca de la vida y obra de la teórica política alemana.

Muchas anécdotas de la vida de Hannah Arendt contribuyen a hacérnosla simpática. Por ejemplo, el modo en que vivió su condición de judía alemana a principios del siglo XX. Su madre le enseñó a tener un actitud de combate frente al antisemitismo: si algún profesor se premitía un comentario antisemita, Hannah debía levantarse y abandonar la clase. Su madre, entonces, redactaba una carta de protesta, pero Hannah ya no volvía ese día al colegio. Y así un insulto, una vejación o una vergüenza se transformaban en un día de fiesta.

La-libertad-detalle-portada-Max

Una de las anécdotas que aparecen en el libro, y que escojo por lo que diré a continuación, se refiere a la reacción de la filósofa [1] ante las declaraciones de Adolf Eichmann, teniente coronel de las SS y simpatizante convencido de la Solución Final, el exterminio total de los judíos, durante el proceso  judicial que contra él se celebró en Jerusalén y al que Arendt acudió como corresponsal del New Yorker. Lo que le impresionó fueron la cantidad de lugares comunes, los tópicos, los clichés, la forma estereotipada de expresarse. «Descubre en Eichmann a una persona del montón, no a un monstruo ni a un diablo». No había en el discurso del asesino ningún indicio de reflexión, de trabajo intelectual. Parecía idiota. Un imbécil.

Un ser tan insignificante terminaba por parecerle ridículo a Hannah Arendt, que confesaba no haber podido contener la carcajada al leer las actas del proceso. Esas carcajadas no le serán jamás perdonadas, será tachada de antisionista y la polémica que desencadenaron la perseguiría durante toda su vida.

Hace un par de mesesManuel Marlasca, veterano cronista de sucesos, curtido en comisarías, en los pasillos de los juzgados, hablaba en términos muy parecidos sobre los malvados, sobre la banalidad del mal. Fue en la mesa redonda que organizó fronterad, «Contra el horror», en la librería café La Fugitiva: «No hay nada glamouroso en la maldad. Ni un ápice de inteligencia. Les miras a los ojos y están vacíos. Son brutos. Imbéciles». No lo dijo; fue algo que yo creí entender: «Son como animales».

Es decir, no podrían protagonizar ninguna de las series que consumimos sin pensar, o para no hacerlo. Quién la vería.

De esta manera pensar puede llegar a ser peligroso, no porque haya pensamientos peligrosos, sino porque el mismo pensar ya lo es, cuando destruye lo que muchos dicen irreflexivamente. Otro tipo de peligros vienen del no pensar: la adhesión inmediata a las reglas de conducta de una sociedad, sean cuales sean, la obediencia a un orden, sea cual sea ese orden. Eichmann se protegió frente al peligro de pensar y se volvió por eso mismo peligroso para millones de seres humanos.

Por último, la cita que he escogido para  abrir estas notas no ha sido, tampoco, casual. Creo que en este cuarto libro es donde más me ha gustado Max interprentando  los textos que Maite le proponía. Esa mujer que reflexiona cuando está a solas, cómo acaba siendo engullida por la multitud…

¿Han votado ya?

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