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A mí no me gustan los gatos

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Nací en un tonel al fondo de un granero de heno; la luz caía sobre mis párpados cerrados de manera que los ocho primeros días todo me pareció color de rosa [1].

No me gustan. Nada. Me gustaría decir que yo a ellos tampoco, ocurre que ni eso me conceden; en el mejor de los casos, les soy indiferente; en el peor, me adoran. No he conocido, en toda mi vida, a un solo gato que me odie, que me deteste siquiera la mitad que yo a ellos. Acaso tal desproporción en los afectos que nos profesamos sea una señal del cielo, que es el nombre que le damos al destino quienes tampoco creemos en él; una señal de que mi vida irá a peor, si va, de que todo está perdido. Acaso tampoco. Me inclino, como estoy tan de mal humor hoy, por esta segunda opción, que es la que más me fastidia. A la porra el contento, cualquier atisbo de felicidad. Si aparece la dicha, o algo parecido, ay, me verá la cara, huirá despavorida. Ojalá hicieran esto mismo los gatos. Pero ca. Al contrario, se quedan. Para regodearse.

He pensado mucho en la felicidad ideal y creo haber hecho descubrimientos notables sobre ésta. 

Evidentemente consiste, cuando hace calor, en dormitar junto a la charca. Un olor delicioso sale del estiércol que fermenta; las briznas de paja lustradas brillan al sol. Los pavos entornan el ojo amorosamente, y dejan caer sobre el pico su penacho de carne roja. Los pollos ahuecan la paja y hunden su ancho vientre para aspirar el calor que sube. La charca centellea, bullente de insectos que hormiguean y hacen subir burbujas a la superficie. La áspera blancura de los muros hace parecer más profundas las hondonadas azuladas donde las mosquitas zumban. Con los ojos entrecerrados soñamos y, como ya no se piensa más, no se desea nada. [2]

Por otro lado, resultan aterradores. Pueden mirarte de ese modo. Lo sabemos quienes convivimos con ellos. Lo hacen de un modo tal que te traspasa, arramplando con todo, todo lo ven, nada se les escapa. Es pavoroso, desgarrador. La gata que vive en casa hace esto mismo, es una experta, diría aún más, una artista, ha perfeccionado la técnica que habrá heredado de sus ancestros; se para frente a la puerta de mi despacho, siempre abierta, sin llegar a entrar, a la distancia justa para verme y que yo la vea. Y me mira de esa manera. A veces, pestañea, puñetera, como anunciando que aún no ha acabado, que aún le llevará un tiempo lo que sea que va a hacerme, que me está haciendo, sirviéndose de esos ojos diabólicos, implacables. Es algo espeluznante. Esa gata puede acabar con los nervios más templados, solo tiene que sentarse y mirar, dejar que nos destruyamos a nosotros mismos. Y que ella lo vea.

El inicio del colegio fue duro para mí. Me obligaban a ir vestida de niña y sin gatos; estaban prohibidos dentro de la clase. 

El maestro era gordo, calvo, y gritón como aquellas montañas derrumbádose, capaces de arrasar bosques enteros. Nunca tuvo una palabra amable para nosotros; estaba convencido de que sólo había una manera de aprender. Nos golpeaba con su regla de madera y se divertía humillándonos. Nunca he visto a un gato humillar a nadie, ni a na cabra, ni a un burro, y menos a un perro. Ser niña empezaba a ser una tortura insufrible, aunque estuviera a salvo de que me comieran en Navidad. Yo quería volver a mi manada.[3]


Notas a pie de página:

[1] y [2] Son citas del libro Vida y opiniones filosóficas de un gatode Hippolyte Taine. Las ilustraciones son de Gustave Doré; publica Libros de la resistencia (2013). ISBN: 9788415766056. 5.80 €

[3] La cita pertenece al libro Memorias de un gato de buena familia, de Katy Parra, publicado recientemente por Newcastle. ISBN: 9788494595127. 6 €


Os dejamos aquí un listadito de librerías, por si hemos conseguido que os pique la sana curiosidad que pretendemos fomentar con este tipo de textos.

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