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Skynet era un coche sin ejército de terminators [por Patricia de Blas]

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SaramaEran las cuatro de la tarde, la hora de la siesta. Teníamos el estómago lleno y las piernas cansadas de buscar las mejores fotos por toda la costa portuguesa. Lo sensato habría sido tumbarse en cualquier sombra a echar una cabezada, pero la visita a la famosa librería Lello, en Oporto, se había alargado más de lo previsto, y teníamos que volver a la carretera para llegar a nuestro siguiente destino con luz suficiente para montar la tienda. El aire se colaba con un runrún conocido por las ventanillas un poco abiertas y el sol nos calentaba alternativamente en un brazo, en el otro, en las piernas, según las curvas. Teníamos que evitar el silencio, el sueño. Así que abrí el libro que acabábamos de comprar, Casi un objeto, de José Saramago, y elegí uno de los relatos.

Embargo nos cuenta la ocupación de un hombre por su automóvil, decía la sinopsis. Nosotros habíamos recorrido 2.000 kilómetros en menos de una semana; sonaba bien. Me estiré con los pies descalzos sobre la guantera y empecé a leérselo al conductor:

«Se despertó con la sensación aguda de un sueño degollado y vio delante de sí la superficie cenicienta y helada del cristal, el ojo encuadrado de la madrugada que entraba, lívido, cortado en cruz y escurriendo una transpiración condensada».

Me pareció un principio empalagoso, que afortunadamente fue convirtiéndose en una historia sin artificios, absurda y angustiosa, fantástica en todos los sentidos del término. El protagonista es un tipo obsesionado con el cuidado de su coche. Procura aparcarlo en los mejores sitios y comprueba a diario que la antena no haya sido partida, que los neumáticos tengan la presión idónea y que el depósito esté lleno. Esto último es complicado en un día como el que narra Saramago, cuando el país donde vive el personaje sufre las consecuencias de un embargo de combustible: largas filas de coches frente a las gasolineras, horas de espera, surtidores cerrados por falta de suministro, vehículos parados en medio de la vía, pánico entre los conductores…

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El de Saramago era igual de malvado pero más parecido a un turismo

Con este panorama, el protagonista empieza a perder el control de su coche. Al principio son sólo unos rugidos inusuales, un acelerón aquí y un frenazo allá que parecen involuntarios. Pero enseguida descubrimos que el vehículo ha dejado de obedecer a su propietario y avanza con un objetivo propio: mantener su depósito lleno. Para ello, se mueve de una estación de servicio a otra, aguardando su turno en cada una, para saciarse con el litro que apenas ha gastado en el traslado, mientras el conductor se pregunta si es el coche el que sufre una avería o es él mismo quien se está volviendo loco. ¿Quizá el automóvil es solo un reflejo del comportamiento humano ante el embargo? ¿Es la forma que tiene Saramago de hacernos reír ante nuestra propia obsesión por acumular bienes, aún sin necesitarlos, por el pánico a la carestía?

La historia continúa. Puesto que no puede controlarlo, el hombre decide bajarse del coche. Pero no puede. Una fuerza extraña mantiene su espalda unida al asiento y todos sus intentos por despegarse son en vano. Del desconcierto pasa a la ira, y de ahí a la humillación:

«Apagó el motor y sin interrumpir el gesto se lanzó violentamente hacia fuera, como quien ataca por sorpresa. Ningún resultado. Se hirió en la frente y en la mano izquierda, y el dolor le causó un vértigo que se prolongó, mientras una súbita e irreprimible gana de orinar se expandía, liberando interminable el líquido caliente que se vertía y escurría entre las piernas al suelo del coche. Cuando sintió todo esto empezó a llorar bajito, con un gañido, miserablemente…»


Este es un fragmento del texto Embargo, la guerra entre el hombre y la máquina contada por Saramago, de Patricia de Blas, publicada en Negratinta.

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