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Mendigos como aliens o cómo viajar sin un duro

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«Si el aeropuerto era una broma, la estación de tren era todavía peor»

Lo primero que te golpea cuando bajas del avión en la India es el calor. Lo primero debería ser el olor, pero ya ha penetrado en el avión por entre las soldaduras mucho antes de que se abran las puertas. La segunda cosa que te noquea es la visión de lo que parece ser un caos absoluto. No es el aspecto de un aeropuerto normal, gente embarcando y desembarcando de aviones. Nom qué va. Lo que unos se encuentra en los aeropuertos de la India es una estación de metro de Londres a hora punta en el día del Juicio Final. Había por lo menos una docena de medios de transporte en la puerta del avión, camiones destartalados, rickshaws, coches de equipajes tirados por vacas. ¡Dios sabe qué hacía toda esa gente en la pista!

Cuando conseguimos bajar del avión y recoger la tabla descubrimos que todo el dinero que tan inteligentemente Sanita había guardado en su mochila y que después, de manera igualmente inteligente, había facturado, ya no estaba allí. Intentamos conseguir ayuda para recuperar el dinero, pero fue imposible. «¿Metió usted el dinero en el equipaje sin candado?», dijo el tipo del puesto de información sacudiendo la cabeza. «¡Ayseñoritaseñorita!» Comprendí inmediatamente su punto de vista y le dije a Sanita que se olvidara. Yo tenía una Visa —una parte esencial del equipaje de todo viajero—. Cogimos nuestros trastos y avanzamos penosamente en busca de transporte para Umta Vaddo y de un lugar para dormir.

backpacker

Umta Vaddo es una zona de media hectárea en la playa de Calangute con casas de huéspedes adosadas, tenderetes de comida y puestos de baratijas. Hay un Umnta Vaddo en todas las ciudades asiáticas: en Calculta se llama Sudder Street, Bangkok tiene Khao San Road y Jakarta, Jalan Jaksa. Todas difierene en que son ciudades y lenguas distintas, pero todas son iguales: tienen la misma variedad de comida para mochileros, venden los mismos pantalones de hippy y tienen la misma clase de casas de bloques de cemento sin ningún encanto. Elegimos el hotel Palmtops.

Dejé que las cortinas polvorientas ondularan deslavazadas delante de la ventana, caminé a través de la habitación oscura, abrí la puerta de la pequeña nevera y saque´los calzoncillos que había dejado por la mañana en el congelador. Cerré la puerta de la nevera de una patada y cuando recuperé el equilibrio quedó una nube de polvo homogénea. Conté hasta tres y metí las dos piernas a la vez, estremeciéndome cuando entraron en contacto con mis ingles. «Ufff, maravilloso».

Sanita respiró ruidosamente.

«Deberías meter tus bragas por la noche. Es estupendo»

Se sentó en la cama con la sábana húmeda por el sudor pegada a su espalda y me miró con los ojos en blanco.

No sé cómo, pero sabía exactamente lo que iba a decir. Quizá fuera porque bajó sus ojos ligeramente antes de mirarme; quizá fuera por la forma en la que caían tristemente las comisuras de sus labios. Se apoyó en un codo y recorrió con un dedo el canal entre sus pechos como un limpiaparabrisas, secándose el sudor y observando el agua que goteaba de su dedo. «John», dijo mirándome, «me quiero ir a casa».

Si el aeropuerto era una broma, la estación de tren era todavía peor. Sanita, al ver la multitud, se había negado a entrar en la estación y había decidido esperar fuera. El lugar estaba lleno de mendigos, había miles en distintos estados de miseria y decadencia. Estudié la manera en la que localizaban un objetivo, una fuente potencial de recursos, desde cualquier lugar del vestíbulo, y era divertido ver cómo se lanzaban a dar el golpe. Mientras hacía cola para conseguir los billetes tuve mucho tiempo para analizar cómo operaban.

Tan pronto como entraba un turista en la estación se abalanzaban sobre su víctima desde todos los puntos. Esencialmente era una carrera. Me recordaba a una escena de la película Aliens. Las criaturas se movían implacablemente hacia los dos comandos acorralados en los conductos de ventilación. El resto de la tripulación observaba aterrorizada los terribles acontecimientos en un monitor de televisión que mostraba una docena de puntos verdes rodeando a las desafortunadas víctimas.

Veía a través de la imagen borrosa de mi cámara cómo otro turista, inconsciente del peligro que corría, buscaba en su guía alguna pista de cómo o dónde conseguir el billete que necesitaba. La cara de shock siempre era la misma: en un momento estaba tranquilamente hojeando la guía y al siguiente retrocedía asustado al notar un muñón de un mendigo golpeándole los pies descalzos.

Entre los mendigos de la estación había un subgrupo que alcanzaba primero el objetivo y ganaba la carrera. Eran los patinadores. Sin piernas, o al menos sin usarlas, construían pequeños carros de cuatro ruedas, un poco como patinetes cuadrados, sobre los que se lanzaban impulsados por su manos o muñones. Mientras la mayoría de los mendigos tenían que contentarse con avanzar laboriosamente de un lado a otro del vestíbulo, los patinadores lo surcaban balanceándose y serpenteando con sus ruedas chirriantes entre los caminantes, disparados contra el objetivo seleccionado. […]


Fragmento de El Mochilero (The Backpacker), de John Harris, editado por Varasek. Pueden encontrarlo -o encargarlo, si en ese momento no lo tienen, en todas estas librerías.

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