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Todavía hoy nos seguimos preguntando «¿qué es poesía?»

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[Gloria Serrano para fronterad] ¿Qué es poesía? Se preguntó el sevillano Gustavo Adolfo Bécquer en el siglo diecinueve y nos lo seguimos preguntando en el veintiuno. La escritora Menchu Gutiérrez (Madrid, 1957), igual se pregunta mientras clava sus pupilas en la obra del artista belga Marcel Broodthaers (Bruselas, 1945), que a partir del 5 de octubre y a manera de retrospectiva se expondrá en el Museo Reina Sofía de Madrid. ¿Qué es poesía? Para el periodista colombiano Alberto Salcedo Ramos, contrario a lo que algunas personas suponen, la poesía no es adorno, es más, no tiene nada de ornamental, todo en ella –afirma– «es esencia, no ornamento». Conocimiento, salvación, poder, abandono; con estas palabras precisas, Octavio Paz intentó definir lo que después devela en poemas como Libertad bajo palabra:

Tal vez amar es aprender
a caminar por este mundo.
Aprender a quedarnos quietos
como el tilo y la encina de la fábula.
Aprender a mirar.
Tu mirada es sembradora.
Plantó un árbol.
Yo hablo
porque tú meces los follajes

La poesía es arte y el arte es necesario porque los seres humanos somos indagadores perennes: de los sentimientos, del mundo, de la vida, incluso de la muerte. ¿Cómo mirar un cuadro para comprenderlo?, preguntaron los amateurs a quien, a sus ojos, era el experto. Sobre esta anécdota, Paul Éluard, el poeta francés y surrealista, comentó: «Me han preguntado inocentemente. ¡Como si yo pudiera revelar la fórmula mágica o matemática que abre los ojos a la belleza, a la verdad objetiva o subjetiva!». Menchu Gutiérrez suscribe este argumento porque sabe que hay ciertas cosas que no se enseñan, así que el seminario-taller que impartirá –explica con cierta modestia– tan solo pretende contagiar el asombro por el acto creativo a través de tender lazos entre dos disciplinas: artes visuales y poesía.

«¿Cómo podría señalar un itinerario cuando yo mismo voy a lo largo de una multitud de senderos imprevistos?» —prosigue Éluard en su exculpación—, la que también nos da pie a decir que la Escuela Errante se encontraba, justamente, haciendo el mismo tipo de senderismo cuando Menchu Gutiérrez propuso la realización de este encuentro de dos días, en el que la mirada y la palabra harán de protagonistas con la impronta del Surrealismo y el llamado Arte Conceptual, tal como quedó asentado en El poeta y su sombra (Icaria, 1981): «las verdades se entrecruzan, las luces se apagan y se vuelven a encender; la confianza y la quietud, la picardía y la ingenuidad, el conocimiento y la intuición participan de un mismo designio: la verdad de la belleza y la belleza de la verdad para gran deleite de la razón».

¿Qué podemos decir acerca de Marcel Broodthaers? Mucho. Periodista, cineasta y poeta, la biografía de este artista plástico nacido en Bruselas, siguió un rumbo tan similar y zigzagueante que la frase «No me paseo entre los libros y en los museos como en un jardín tranquilizador; corro peligro de aventura incluso en los sitios que creía familiares», bien podría atribuírsele a él y no a su autor original, Paul Éluard. Y aunque ambos estuvieron influenciados por otros surrealistas –Éluard por Breton y Dalí, Broodthaers por Mallarme y Magritte– lo que dio un rasgo definitorio a sus creaciones, fue haberlas incrustado en la corriente predominante de la época, el arte conceptual.

Era 1960 y la urgencia de correrías estaba –como el amor y la contracultura– en el aire. La Guerra de Vietnam, el movimiento feminista, el hippie, el ambientalista, todas las variantes del pensamiento antisistema, la bohemia, los Beatles y el «Yo tengo un sueño» del Dr. King, fueron algunos de los elementos que electrizaron la atmósfera de ciudades como Londres, Ámsterdam, Roma, Berlín Occidental y, obviamente, el espíritu subversivo de artífices como Broodthaers, quien se encontraba en París. Así que, como era de esperarse, los poemas con los que inútilmente intentaba sobrevivir, sus más de cincuenta cortometrajes y, más tarde, su abundante producción plástica, sucumbieron ante las nuevas libertades que toda una generación de realizadores trabajó en diferentes géneros. Texto, fotografía, performance y video; documentales, narrativa y experimentación –con todas sus combinaciones– gradualmente comenzaron a cobrar otro sentido y a trastocar todas las manifestaciones culturales, posibilitando además su evolución.

Si observan con detalle la realidad visible, y con esto quiero decir si se adentran en cada una de las piezas que integran la colección que exhibirá el museo Reina Sofía, entonces encontrarán una generosa muestra de una realidad entera, de lo que significa priorizar el concepto —la idea– por encima del objeto contemplado, de su representación palpable. «El artista quiere ver, comprender y ser oído y comprendido», señaló Éluard. Ahora, el equipo responsable de la museística, encabezado por las comisarias Catherine David y Veronique Dabin, nos dice que: «El conjunto de la obra de Broodthaers, reunido para esta exposición antológica casi en su totalidad, da cuenta de una personalidad singular que logra elaborar un complejo pero homogéneo discurso poético y plástico al tiempo que se construye como personaje dentro de su creación».

Y Menchu Gutiérrez, anfitriona circunstancial y voluntaria en este agasajo, agrega: «La decisión de convertir sus libros de poemas no vendidos en esculturas, utilizando la escayola; sus películas-libros; sus objetos paradójicos, elaborados con materiales extraídos de la naturaleza, como mejillones o cáscaras de huevo; o el museo formado por fichas, cajas y tarjetas postales que monta en su propia casa, en el que desarrolló la idea del museo itinerante y cuestionó el valor de esta institución, lo convirtieron en una persona clave en la creación artística del siglo XX. Todo lo que me propongo decir y sobre lo que pretendo hacer reflexionar a los participantes de este seminario-taller está relacionado con la decisión del poeta Marcel Broodthaers de convertir el libro en material artístico y espacio de reflexión sobre la poesía y el arte».

Pero, ¿pueden realmente la poesía y el arte conceptual hacer buenas nupcias para conmovernos, para sugerirnos algo más, después de la exposición mediática, de la saturación informativa en la que a diario vivimos? Cada uno debe hallar su propia respuesta; por el momento, solo mencionaré que hay un verso de Éluard que dice: «Sobre la lluvia gruesa e insípida / Escribo tu nombre». Y que lo mismo nos narra Broodthaers en La Pluie, Projet pour un texte (La lluvia, Proyecto para un texto, 1969), cinta en la que aparece tratando de escribir –torpe, fútilmente– sobre una hoja en blanco, mientras un aguacero cae sobre él y humedece su cuerpo y diluye el mensaje y, quizás, un nombre.

¿Basta, pues, con lo dicho para atender a la propuesta de la Escuela Errante? Probablemente, no. Antes de decidirlo, les sugiero meditar las palabras de Eugène Grindel; es decir, de Paul Éluard, y aceptar que, si bien no somos eruditos ni precisamos serlo, «a muchos de nosotros nos hace falta solo un poco más de conciencia, conciencia de las posibilidades humanas y también de las posibilidades de la poesía».

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