Dwight Macdonald. Fuente: Front Porch Republic.

En portada

Era una mañana soleada, típica de primavera. Los árboles ya se habían vestido de fiesta y las mañanas ya entonaban su peculiar sinfonía interpretada por decenas de pájaros que sobrevolaban el lugar. Fuera, un ajetreo ordenado indicaba que todo marchaba en el Centro Especial de Empleo Polibea. Es allí donde nos esperaba Juan José Martín Ramos, ataviado con su corbata y una sonrisa tan inmensa como su inquietud literaria. Nos recibía entusiasmado, feliz de mostrarnos el mecanismo interno de esta

La frase es de mi hija. No dejará de sorprenderme su capacidad para ser feliz, su sentido del humor, con lo chiquitina que ha sido, la madre tan cargada de trabajo que ha tenido casi desde que era un bebé. Doy las gracias al cielo cada día. De corazón. Recuerdo que me lo soltó cuando llegamos al coche para volver de no sé qué recado, estaríamos comprando los regalos de reyes en Venir a cuento, me parece; me pusieron dos multas casi a

Maite Larrauri (Valencia, 1950) fue durante más de treinta y cinco años profesora de filosofía en centros de enseñanza media, militó activamente en la oposición antifranquista e introdujo en España el feminismo italiano de la diferencia.

Puentes

No es un medio, tampoco lo pretende. Es un lugar de encuentro. Allí, en la librería Orión, se dieron cita para mostrar al público la forma tan particular que tienen en Principia de explicar de forma científica, cercana, literaria y amena, las pequeñas realidades que acompañan el día a día. Os dejamos el vídeo de una presentación nada convencional del proyecto a cargo de Carlos Roma. El vídeo fue publicado en Facebook, en directo, para los seguidores de la Asociación Ludere Aude.

Ellos y ellas son actores principales de gestas y desastres menores de los que nunca hablarán los historiadores que escriben la Historia. En cambio, juntos emiten algo parecido a un bajo continuo inaudible apenas, salvo como un murmullo interminable, que solo se percibe, de pronto y de tanto en tanto, como un rugido en la fiesta y en la revuelta. Una identidad en común les une: toda esa gente son los nadie, es decir aquellos y aquellas que, sin saberlo,

«¿Le gustan las orquídeas? Yo las odio. Su tejido es demasiado parecido a la carne humana, sus tallos parecen dedos de cadáveres recién lavados, y su perfume tiene la podrida dulzura de una prostituta». Son palabras que el general Sternwood le dice a Philip Marlowe la primera vez que se ven, en el invernadero de la mansión de Sternwood, que ha contratado a Marlowe para que libre a su hija menor de un chantajista. Están en El sueño eterno, primera

Aún me estremezco al recordar las imágenes. Niños, mujeres, padres. Todos corriendo sin rumbo, huyendo de la muerte. El horror estaba dibujado en sus rostros. Sus ojos suplicaban piedad. Dormían ajenos a la dura realidad de una guerra que casi cumple siete años. Una guerra que se ha cobrado la vida de más de 312.000 personas (un tercio de ellas civiles) y ha truncado el futuro de la mitad de los 23 millones de sirios que se han visto obligados

Pedacitos de un viaje por Estados Unidos Múltiples códigos, muchos trozos… para lograr entender Lo que América puede (Varasek ediciones, 2017), el libro de Billy E. Morreale, que es también Sole Sánchez o Le Parody, o una mezcla de ambas, pedacitos de las tres… La entrevista completa a su autora, a continuación. Puedes encontrar —o encargarlo, si en ese momento no lo tienen— Lo que América puede en estas librerías. Si no ves en el mapa una que te quede

El poder del silencio de los libros, que despierta nuestros sentidos antes de que conozcamos el tesoro que encierra. Ayer fue un día bastante triste (salvo la tardenoche, como luego estuvimos de librerías). Muy triste; me lo pasé discutiendo con una librera a la que un tipo más listo que donde los hacen —ya hemos hablado de él en anteriores entregas: no se ha equivocado en toda su vida una sola vez, al menos no que nosotras sepamos— le ha pasado graciosamente un balón que no tenía por qué ir para ella —o tal vez sí, no lo sé— y que entró en una dinámica tan mala como la mía; esto es, el discutir no para llegar a una solución, sino para acabar demostrando, nada más, que llevábamos razón, cada una en lo suyo.

Desde fronterad

Laura. Italiana. Diseñadora. Preciosa. Pechos sibilinos –los que yo suelo soñar dormido y despierto; los que te hacen caer del caballo–. Actitud demoledora. Besable hasta la extenuación. Inteligente. Con sentido del humor. Nos duchamos juntos como si nos conociéramos de toda la vida. Que ya era hora de poseer a una clienta parecida  a las chiquillas que me solía sacar de las discotecas en tiempos cuanto menos mejores. Y me contrató porque según ella, le “picaba la curiosidad”. Pero mira

Weiß/Colonia, 5.5. Este domingo (son ya casi las 11 pm) puede pasar a mi biografía como el día de la batalla por el Gmail. Es como la del Alamein, donde yo soy Rommel y Arzola es Montgomery. Todo empieza porque Arzola, el manitas más manitas del mundo mundial –no hay entuerto electrónico virtual que no desfaga–, casi tira la toalla con el problema de mi servidor T-Online; el cual, para el envío de prácticamente casi cada email me estaba pidiendo,

Arthur Koestler se suicidó en marzo de 1983 en su casa londinense tras ingerir una dosis mortal de barbitúricos junto a su tercera mujer, Cynthia Jefferies. El escritor tenía setenta y siete años y sufría la enfermedad de Parkinson que se había visto agravada por una leucemia linfática crónica en fase terminal. La decisión no sorprendió a nadie, ya que había pasado los últimos años de vida defendiendo la eutanasia a través de Exit, una organización que afirmaba el derecho

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